Diario de Adan (37)

             Una vez, y otra vez la orilla estaba cerca. En un espacio indeterminado en que solo escuchaba el líquido correr, sostenían en sus manos una cuerda delgada hecha de cáñamo, mientras la pequeña barcaza bajo sus zapatos extendía una larga sombra por los bordes del agua ondulante, poco a poco una débil luz se acercaba entre los juncos oscuros de la selva insolente e imaginada. En las suaves curvas del líquido veía acercarse una barca similar con una luz agónica pasmosa, y lento a lento el suave paso de las olas iba levantando un aire que mecía sus cabellos, y de arriba, en la fría oscuridad, un agudo grito de águila estremecía las aguas y en estas cuerdas que sostenían a los hombres a un destino fatigado, a eternidades ya predichas, silencios incómodos ocurrían, por pasillos sentimentales, acaeciendo en historias que el hombre únicamente va dibujando en los parajes indómitos del hombre nuevo, hay silencios, hay orgasmos acallados en cada acción.

    Era un ser, una cosa oscurecida en aquel tiempo, algo indeterminado que podríamos seguir como un delirio, una situacion acuiciosa y agitante, un hombre que va dilatando sus sombras en sombras antecedentes, un genio que  a a a deriva de nuevos intentos y designios no importa el sentirse agitado ante nuevas brumas, se esparce la barcaza ante el río,  como el lento avanzar  de la niebla en las mañanas.



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