Adán se sentó en su
cama mientras preparaba mis cosas para salir. Ya no estaré más cerca de él,
despertó con las manos manchadas de sangre y no recordaba nada. Frunció el ceño
como tantas veces lo había hecho en sueños, la noche anterior había estado con
unas mujeres en su proyecto de casa, bebió hasta emborracharse y ellas ya se
habían marchado.
Se levantó de un salto, fue al baño, tiró la cadena que hace días no era tocada, una musiquilla expelió el urinario, una música Wagneriana y acuática.
- Como Miller esta música es mejor que Persifal, ¡Qué Virgilio! - se dijo.
Dobló la cabeza y se vio frente al espejo. Sus ojos azules estaban allí danzando tenuemente ante el fulgor del amanecer que recién despuntaba, desde la calle llegaba un sutil aroma a vino, cerró los ojos un momento, seguramente para pensar, los abrió, y se lavó las manos, la sangre se fue en una vertiginosa vorágine, se enjuagó la boca, la cara, abrió la ducha y se duchó, el agua corría límpida por el cuerpo, el alcohol se iba a chorros sobre un agujero negro que quedaba en el suelo como otros tantos días, la ropa se ajustó luego a su cuerpo, cada vez cuando se volvía vestir sentía incomodidad, se sentó en la cama y se abrochó los cordones de los zapatos, miró frente a él y vio un libro : “Así habló Zaratustra” frunció el ceño y se puso a leer.
Adán se desembarazó de aquel libro y vio que el mediodía ya estaba situado en las calles con su gran corona desfilaba entre los transeúntes, él ni siquiera había comido y menos se atrevía a cocinar siquiera unos huevos revueltos. Pensó unos segundos y decidió ir a un restaurant que quedaba a dos cuadras, una vez allí comería y más tarde visitaría a Lucio, su viejo amigo Lucio...
Se levantó de un salto, fue al baño, tiró la cadena que hace días no era tocada, una musiquilla expelió el urinario, una música Wagneriana y acuática.
- Como Miller esta música es mejor que Persifal, ¡Qué Virgilio! - se dijo.
Dobló la cabeza y se vio frente al espejo. Sus ojos azules estaban allí danzando tenuemente ante el fulgor del amanecer que recién despuntaba, desde la calle llegaba un sutil aroma a vino, cerró los ojos un momento, seguramente para pensar, los abrió, y se lavó las manos, la sangre se fue en una vertiginosa vorágine, se enjuagó la boca, la cara, abrió la ducha y se duchó, el agua corría límpida por el cuerpo, el alcohol se iba a chorros sobre un agujero negro que quedaba en el suelo como otros tantos días, la ropa se ajustó luego a su cuerpo, cada vez cuando se volvía vestir sentía incomodidad, se sentó en la cama y se abrochó los cordones de los zapatos, miró frente a él y vio un libro : “Así habló Zaratustra” frunció el ceño y se puso a leer.
Adán se desembarazó de aquel libro y vio que el mediodía ya estaba situado en las calles con su gran corona desfilaba entre los transeúntes, él ni siquiera había comido y menos se atrevía a cocinar siquiera unos huevos revueltos. Pensó unos segundos y decidió ir a un restaurant que quedaba a dos cuadras, una vez allí comería y más tarde visitaría a Lucio, su viejo amigo Lucio...

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