Cicatrices

Ríos de ceniza recorren los pulmones de la tierra, en nombres escrito por los niños que nadie recuerda,

mientras los abuelos están hechos de barro olvidado.

Las carretas buscan extensión en el cuerpo,

en la marca indeleble de cada silencio, 

la marca diaria y el precio de aves durmientes; hombres acariciando la bruma que los espera cuando, entre el límite de los ocasos inteligentes que no nacen, 

se envuelve en lo que también ha de suceder.

No somos el silencio, ni las canchas de la madre que no hay, sino arterias o causas que se hieren y que quitan las señas; un estilo gorgoteante, grotesco, que sabe su buen final.

Inventé el dogma externo de las formas cuando el hombre extrañó que el hombre es más que señas y signos, y no somos más que la débil voz de un bosque que diseña el ocaso en su fragmento.

Cuando, atravesando el templo del deseo, el eclipse sufre lo que es la niebla, y el sol lo que son las cortas y efímeras costas al ingreso de algún signo del austero que no se ve, en este silencio somos más que fuimos.

Fuimos más que agua.

Fuimos más que tierra.

Fuimos más que cielo.

Y entre esto, que es un arcoíris que se anilla a tu cuello 

Entendemos que no comprendimos aquello:

¿Verdad?



Comentarios