Umbra 5

I

Desde el inicio, si los principios son lo que vendrá, es necesario detenerlo, convertirlo, hacerlo de alguna manera; la verdad que se ha de diseñar. Las cosas pasaban como siempre, en la misma necesidad de convertir el plomo en lo que se desea. En los portales de piedra una ciudad se alza en las montañas después de la inundación, el viejo de la otra vez se estaba acercando a paso lento a las escaramuzas de niños y otras vicisitudes. Las rojas piedras manchadas de sangre eran como una gotera interminable de palabras de aborígenes y otros seres autóctonos, endémicos que sobrevivieron la guerra nuclear, el cambio climático y las señales que quedan en los bloques de grueso granito y caliza no son sino el recuerdo de lo que fue la animalidad humana o la civilidad humana, quien devastó todo lo creado; maravillas que actualmente solo formaban parte de su imaginación, estatuas, edificios. Tristemente, la sombra se deslizaba en los caminos que llegaban por la roca y las escalinatas hasta encontrar el borde mismo, y la puerta, y los habitantes con sus harapos a media luz, entre humo de barriles de petróleo, llamaradas, animales mutados. Ahí se intercambiaban la mayoría de cosas extravagantes, animales de tres cabezas y esas particularidades, pero, sin cuidado, detallar cada elemento sería absurdo y realista; no es propensión de aquello, sino girar y moverse entre las personas, entre los bultos negros y la leve llovizna, entre las dunas de cables y aparatos tecnológicos en trizas; sí, sí, la tierra en los zapatos, y encuentra la vieja librería donde el manuscrito le aguardaba junto con más sorpresas y, ¿por qué no?, diversión....

II

Entre el vidrio se veía la sombra de un anciano moverse entre la vitrina y tratar de mirar dentro. El humo y la polución de afuera habían hecho una gruesa capa de humus y tierra que emitía la sensación de ser un local de venta de flores o vegetales. Al no poder observar qué había en el interior, entró por la puerta haciendo sonar un pitido, una alarma electrónica de la tienda. Tras el mostrador, un joven de pelo ondulado negro atendía, usaba una máscara roja para filtrar el aire contaminado del exterior, lo saluda alegremente con una voz mecánica sonorizada por la misma máquina que lleva en el rostro.

—Hola, hola, maestro. En qué buena hora llega, estamos felices de que haya decidido venir y hablar con nosotros. Su experiencia y experticia nos permitirá hacer grandes cambios en cómo están las cosas en este mundo actualmente.

—Vaya, vaya, no exageres las cosas.

El dependiente de la tienda rápidamente salió de la sección en la que se encontraba. Se arrimó pronto a la tarima y saltó hacia el otro costado. Dejó su arma láser sobre el mostrador y abrazó al maestro con sumo cariño y expresión.

Al parecer, nuestro personaje guardaba una gran cantidad de admiración por su supuesto maestro. Subieron una escalera de caoba. Él iba primero y el otro detrás. Cruzan la puerta y se encuentran en una reunión todos los llamados a escuchar y que creían en aquellas historias de un mundo donde las comodidades aún existían y la necesidad no era el pan de cada día.

—Aquí hemos llegado a este tiempo —empezó a decir— en que se fue desvaneciendo el color de esa vieja pintura de hábitos que tuvimos y que logramos soldar en nuestra mente e intencionalidad. Un mundo que se degasta y se agita cada vez menos, en la noche de los propios sentimientos. Sabemos que es verdad que en aquellos años las ciudades se tomaban las zonas bajas más allá de la FRONTERA. Atravesando las dicotomías académicas del mundo en esta fría novela que hemos trazado en la memoria, entendemos que llegar más allá no nos traerá el fin, sino las diferencias en encontrar el verdadero sentido a una ontología rancia y desaparecida en un mundo de miles de comentarios y falsa popularidad.

El descenso a los bordes es inevitable, pero la capacidad es innata al hombre y puede convertir los ríos en energía, los portales erguidos de la gran civilización, herrumbrosos en los cañaverales, en perdidas ciudadelas, donde todo antes se engalana de un amor impropio y voraz. Nos encandila, nos convierte en las mismas arañas de la realidad; vamos tejiendo en ínfulas de hombres y designios una historia que debe ser contada por más.

En aquellos años se dedicó a escuchar todas las historias y escribirlas para que no se perdieran y fueran réplica de ellos mismos, salvar su memoria, su esencia. Lo convirtió en su delirio. Desde pequeños hombres hasta ricos y millonarios engreídos, les dio la posibilidad de avanzar a la eternidad y los plasmó en un libro grande y abultado con un millar de hojas, y cada uno de esos seres se integraron con la IA y volverán una vez más a abrir sus ojos desde la cáscara misma de los conceptos, incendiando su propio nombre.

Volviendo de su gestión de amor. Abriendo esos labios, los antiguos horizontes del desierto en que no encontramos nada más que la desesperanza a la cual no debemos esconder. Escapar de la memoria y la fracturación del logos, avanzar por sobre las malas sensaciones que se instalan en los miembros del cuerpo. El que avance y vea entenderá que el llamado y el bullicio es solo el silencio de un juego de amor y dolor en los huesos. El mismo movimiento que tiene el canon.




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