Cartas para Eve II

    La arena era una respiración antigua extendida hasta el borde del mundo, una inmensa sábana dorada donde el sol caía como un animal inmóvil, pesado, eterno, y estaba allí, solo como una piedra abandonada por los amigos, mirando la salida del humedal donde las aguas oscuras y verdes venían a mezclarse con el océano en una lentitud casi sagrada, como si la tierra pensara todavía en sus primeros pensamientos de barro y sal; las olas llegaban cansadas, transparentes, llenas de espumas rotas, y avanzaban sobre la playa con una voz interminable, una voz que decía algo pero que jamás terminaba de decirlo, mientras los juncos se doblaban bajo el viento áspero de la tarde las aves cruzaban el cielo como señales perdidas de otro tiempo, de otra humanidad menos enferma, menos devorada por el ruido y por las ciudades del cemento; entonces caminaba desnudo por dentro, vacío de nombres, vacío de deberes, respirando el olor húmedo del musgo, de las algas, del sol quemando lentamente las dunas, y sentía que el cuerpo era apenas una prolongación del agua, una sombra tibia entre la arena y el horizonte, porque allí todo parecía anterior al lenguaje, anterior al miedo, anterior incluso a la memoria, y el mar golpeaba una y otra vez la desembocadura del humedal como un dios distraído que aún no aprendía a crear el dolor, mientras yo observaba la claridad inmensa del cielo hundirse sobre la tierra y pensaba en nada, en nada, en nada, oyendo solamente el ruido mineral de las olas, el silbido del viento entre los pastos secos y el lento crujido del universo respirando sobre aquella playa solitaria donde todavía era posible vivir por vivir, existir solamente como existe el agua, la arena, el sol y las criaturas silenciosas que no conocen la angustia ni el destino del lengua y la palabra.





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