Dejamos las patas en Lima

Fuimos así escalando los semáforos,

en el olvido de la luz y la sombra,
el recuerdo de los ecos pasados,
ocasionando los mismos nombres libres,
ocasionando figuras en los vientos extras
hasta el corazón mismo de la vida Inca.

Y es que este delirio no nos deja existir,
y mis hermanos escuchan su murmullo
entre olas y árboles arrojados a la sensibilidad
que los ata a un frenesí que no deja de elegirnos
hasta el final mismo de las aguas vertidas.

Soy de líquido y sangre en carne viva,
el resonar tembloroso que los confunde
y deja la Libertad en sus venas,
en la fuerza, en el entorno,
a los cobardes y valientes acabo,
mientras la dama de amarillo
se pasea silenciosa entre las mesas
y su rostro cae en penumbra y yesca.

Las mirada y los dedos caídos,
al chaufa y chifa, hojas de coca,
en hierba, en el corazón.
Perdona, Señor, estos pecadores,
sus inclemencias,
las flores perdidas desechadas en plástico putrefacto.
Perdona
los pequeños defectos de algarabía inocente.
¿Por dónde vamos? 
No sabemos.
Perdona su silencio y el rojo azulado de las tardes,
en que un segundo nos desboca.

Tal es el corazón de un nombre caído,
del nombre que no debe pronunciarse,
que ha de ser de un cariño violento
y un compás desigual:
de un violento beso sin salida,
de un acariciar completo.

Es la gente de agua que no amanece,
y cuando se decanta más eterna,
cuando se leen las manos,
alegrías prósperas y obedientes,
más que en ocasos,
más que en señales de hermanos
se abren a la montaña de los años.



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