Diario de Adán (47)

 Era un pequeño niño y niña a la vez, o niñe, que se deleitaba en los ocasos y en las mañanas, que saltaba desde la cima del armario hasta el piso y se entretenía en tejer nuevos silencios indeterminados, veía que la cometa de sus propias decisiones se enredada en el ocaso atardecido de esos mismos silencios que observaba nacer o desfallecer entre las rocas, entre la marisma del desierto y una que otra celda a este nuevo día que vendrá.  Quiso llamarse Pilar, y Pilar era astuta, para nada frágil, a cada paso daba la impresión de su figura y la luz que irradiaba dejaba a todos detenidos, helados, lentos, aletargados, su capacidad para influir en los más íntimos sentimientos era evidente, muchas de las mujeres que se acercaban a ella expelían como un aura la profunda desconfianza, no por temor a como ella reaccionaria frente a sus novios o parejas, sino por la actitud que ellos tomaban frente a ella, calientes, sonrientes, estúpidos y arrogantes, enumeraba esas clasificaciones en su memoria. Y es que en la realidad pasar sus días tras una pared y una ventana no significaba gran cosa, el claustro y el aburrimiento no eran nada, tan solo ella recordaba. No hay mucho que tener en consideración con el tiempo, cuando se llueve, cuando se nieva, cuando se siente el desierto en los huesos hervir la sangre desde el mismo núcleo. 

    Ella sentía ser cada mañana como un espejismo en la mente de otros, y es que ya no sentía que estaba ahí, se veía a ratos entre dimensiones, en un tiempo antiguo cuando era feliz, y tenía un objetivo tan claro, una luz tan fuerte que la atraía como una mariposa nocturna. Pequeña y frágil se cimbraba al viento y sentía el leve olor de su fragancia inundando el aire, socavando en su mente los últimos recuerdos que atesoró como un bien sin precio. En este anhelo que la enloquecía y mantenía inerte ante lo segundos, minutos o días. Ella quería ser especial y rodar como una burbuja en las aguas arenosas del destino y el tiempo. Pero que rimbombantes le parecían esas palabras en sus oídos, la rimbombancia del sonido que la avergonzaba, pues el definirse como algo también la angustiaba tremendamente, y miraba a todos esos otros que hacían su parte y concretaban su plan, su  propia personalidad con tanta elegancia, tanta parsimonia y dedicación y aquello de ella no era mas que una pantomima, un papel lustre cortado y recortado para formar un origami irresoluto, casi inexpresivo e insustancial, veía sí, que los minutos, día a día corrían más rápido, la alteraban y llenaban de una crispada infelicidad, en las mañanas era cuando al abrir los ojos entendía todo ese embrollo que se coló en su vida hasta posicionarse como el centro mismo de su neuralgia. Levantaba su cabeza y observaba las cosas a su alrededor que permanecían inalterables, era otro día más de supervivencia en este mundo que poco a poco estaba acabándose allá afuera pero que poco le importaba, ya estaba decidida su estancia y tiempo que seguir en esta roca infecta lanzada al vacío, la niebla roja, sus pesares, sus hijos muertos, los vivos aún y tan lejanos, la impasible agonía extendiéndose por los portales y las grietas causadas por profundos sentimientos agónicos. 

    Pero, se decía, ¿No fue el mismo Lucio tan traidor como Adán? Cuando las estelas de los árboles señalaban un camino para cada uno de ellos, y en la estepa del frío bosque donde se despidieron pudieron ver que desde la fuerza misma de sus improntas se forjaba la nueva forma de su esencia,  dibujaban sus propios rostros desdibujando el que se formaba real.  

    Seguía su camino más allá, allá, tan alto, aquella mañana que recordaba con sus ojos entrecerrados sentada en la orilla de la cama tratando de entender que es lo que necesitaba, porque, claro, un ser humano no puede  mirar atrás y delante a la misma vez, y corría tan despavorido con un libro bajo el brazo, QUE YO, la verdad, YO, estaba ensimismada no sabía que las cosas llegarían a tal extremo de romper un corazón, pero yo no veía las heridas ni los cristales ni toda esa basura sentimentalista, solo veía los hilos de las nubes, las calles, el suplicio, los vecinos, los mediocres cantando despavoridos por la nueva sociedad que está por venir, y desde ahí mismo, me decía, es un niño, une niñe, un niño, ese que debo cuidar o quizás simplemente tener cerca de mi, no debe temer, no debe escaciar en su bondad. Pobre y delicado, ingenioso por más. Pero este otro es bruto y animal, un rastrojo de decencia infernal y acometida, sin sentido, deforme por mas, ácido pero también en bondad, arriesgado y letal pero pronto a morir, a desintegrarse y perecer en su propia cólera, como arcilla descuartizada de indio, de una sociedad infecta que solo nos pertenecía en los sueños. Así lo vi desde ese momento, mientras corría detrás de él, él corría detrás de mi, pero cuando miré hacia atrás ya no estaba, no estaba.

El jolgorio había acabado y nos dirigimos a beber hasta el hastío y la muerte, tomé fermentados y destilados en un vaso. Tomé la vida y la gracia de Gracian y quizás enredé a Pound entre las hebras de Yeats, me escancié en literatura grandilocuente y grandes pensares como Rabelais, Cervantes o Shakespeare, entre tanto aperitivo de poemas de Shelley o el bueno de Marcial, desde Mishima hasta las raíces de Baudelarie o Poe, tenía que esconderse entre las páginas de libros como Kenzaburo, o Kawabata. Pasaban los días dejando las hojas amarillentas y el tiempo que es único pesar de los hombres nos deleitaban con lo que ha de venir. Uno que otro libro no era suficiente, era el suicidio de sus propios días lo que la advierte de la medida en la vida que es el tiempo y de todas las cosas la propia mujer aristotélica. El propio hombre. Todo su propio bien.

Entendía que su ocaso no era precisamente por las mañanas, si no un entender más desfigurado y ocasional, levantarse de la cama y entender que desde aquel tiempo las cosas no eran como simplemente lo imaginaba si no que existían otras formas extrañas que se habían disuelto en la marea de hechos, ocasos, y que la definía como algo esencial. Había en su estatura al levantarse un signo que no la dejaba completamente satisfecha, había un algo en su actuar que definitivamente no la convencía, un maldito estúpido, sí, mil veces estúpido, pero entonces porque le nacía desde el centro mismo de su pecho una luz maternal de bondad y amor que se mezclaba en sus músculos y nervios hasta recorrer por completo su cuerpo y poseyéndola del poder de entender y sacrificar y darse y darse, si, y darse, en comedida, en ver que visión es la que ve en esos ojos, confiada de la visión profética es Cassandra y no Pilar quien vuelve a conocer los secretos de su propia femeneidad y sororidad, entiende al fin que es y como ha sido y como no ser más que su propia definición y carisma sin temer a nada que la contenga, demasiada cansada de los "aquís" y "allás", define en su propio punto y final que ha llegado hasta ahí. 

Diario de Adán 47


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