Yo era Adán, un pequeño brote perdido en un desierto
inalcanzable, en algún mundo, en alguna ficción sin remedio que cierto Dios creó
para una insana diversión escalofriante, como una masa de arcilla agrietada y
palpitante, donde crecían los miembros de sus partes, y partes de sus miembros,
pies y manos, ojos, uñas, pelo y cartílago, carne y hueso, todo junto y amorfo,
en la síntesis exacta de las manecillas resonando un eco de sintaxis en sus
propios caminos y designios. Difícil, sí, difícil, eterno y extendido por los
espacios de su propia nada en salto a salto en la miasma de lava creada en
silencio, silencio, silencio. Roca y cuarzo y trueno mientras se arrastra
queriendo y deseando los frutos, la consciencia, el ego en cualquier celda mental,
un lugar. Y los grandes espacios elevados del ambiente se mueven y decaen
mientras el núcleo intacto enarbola un ritmo y una canción desconocida.
Ser exitoso en la vida nunca dejará el alimento de las dudas, muchas
veces escuchas al oído que “puedes más”, “más”, que se vive de manera
ascendente, que puedes lograr mucho de este pozo sin fondo y aun así ves que
muchos se esfuerzan hasta el cansancio y trabajan para obtener dinero, objetos
y placeres, trabajan su espalda en el sol haciendo de su cuerpo un mejor abono
para esta tierra. No pueden ver la sombra acercándose en el camino con su dedo
apuntando directo al corazón, todos forman una familia, todos se aman, todos ciegos
en la inutilidad de ser un humano más entre billones de billones que existen,
han existido o existirán, otros tratan de encontrar el verdadero valor de sus
vidas y la ajena, tratan de obtener la máscara del éxito y oxígeno, tratan de
sobrepasar los límites para ver si sus esfuerzos sirven de algo…hijos, dinero, propiedades
y autos... todo al pozo de los recuerdos que no volverán.
Han pasado y no puedes entender que haces en esta vida, mirando,
abriendo ojos, trabajando, afligido, no
entiendes la cantidad de conocimiento y de amor. Al final los desiertos dominan
el universo y sólo el hálito árido de un viento helado abrigará las rocas abandonadas.
Las especies hundidas en los pantanos se reirán de la inútil farsa que
orquestaste. Era el primer hombre, la primera estrella que no vuelve a abrirse,
un hecho aislado de las flores. La vejez como mano cálida y seca encargada de
tus huesos y piel escuálida, la vejez avanza en la llanura interminable. Sonríe
sin dentadura y te deja como un estorbo junto al río.
-
“Haz algo útil con tu vida en beneficio de otros
como tú… ¿Qué sentido tiene? -me decía Katherine cerrando suavemente sus ojos.
Quieres obtener todo en la vida y te das con un delirio por la
secuencia de tus actos en la vigilia, quieres obtenerlo todo y te pones viejo,
fea, gordo, incansable, buscas alcanzar el sol y tus manos solo llegan a las hebras
del suicidio, la muerte viene, la muerte avanza, la muerte espera, la muerte
llora, la muerte diaria, la muerte sonríe, la muerte alcanza.
“Todo se confunde: el día con la
noche, la carne con la palabra, el deseo con el olvido. Piensas en leer en
algún lugar iluminado, arroz, vino, conversaciones, y mientras el fuego crepita
en tus oídos con las voces de los otros; luego manejas, recuerdas, caminas,
subes escaleras, abres puertas, y cada gesto repite el anterior como un eco que
ya no sabes si pertenece al pasado o al sueño. En tu casa, entre libros o
retratos, todo parece lejano, y la corona de laureles pesa como un metal inútil
mientras el abismo se abre a tus pies, una charca de lluvia sin fondo donde se
reflejan tus propias mariposas negras flotando hacia un mar oscuro. No es
casualidad que la tinta rodee los huesos, que el silencio respire su forma en
el aire; es que te escucha, Adán, en el límite de la palabra, y sé que ahora
comienza otra vez el tiempo del origen, la hora en que todo se escribe y se
deshace al mismo tempo...”
Entonces Adán sonríe, esa sonrisa
mansa y terrible que sólo tienen los que saben que ya han muerto, y dijo:
“Cuando empieces a leer esta línea, ya habrás confundido tus propósitos con los
de otro. Yo he conversado contigo durante meses. A veces te llamas Lucio, a
veces Pilar, a veces simplemente lector. Pero eres siempre el mismo: el que
mira desde el otro lado.. El que aún no sabe que está escrito”.

Comentarios