Umbra 3

 Era una noche fría de algún mes perdido en que las sombras ondulaban entre la chatarra, cables y plásticos quemados en los cráteres de bombas caídas y el gato se paseaba calmo sin miedo a ninguna explosión o metralla, una fuerte luz de un auto cruzaba las dunas y su cola movía el plata de una luna que lloraba parsimoniosa entre tejados de zinc, adobe o material ligero como era típico en las tomas. Un intenso humo subía por las laderas ocasionado por el napalm, el grisú y quién sabe que cosas más allá de la frontera y las ramas de árboles movidos por el viento que botaban su últimas hojas de otoño, en charcos verdes de agua ácida ondulaban  como pequeños cuarzos aéreos sin sentido. Rara vez se cruzaba un ave metálica por el cielo y se esperaba su ayuda caer como un don divino y el gato se paseaba sin peligro.

Eran muchos los que estaban repartidos entre los tarros de acero calentando sus manos y hablando de historias del pasado, una nostalgia evidente pero incómoda antes del deliro del milenio. 

En uno de esos tarros o barriles de acero un fuego intenso abrigaba a cuatro viajantes perdidos sin historias por contar ansiosos de un nuevo mundo por venir.

 El más viejo empezó a decir:

Conocí más allá de la frontera la historia de un hombre que dedicó su vida a escribir cuántas cosas habían sucedido en la antigüedad para que un día en algún futuro apocalíptico los hombres pudieran hablar al filo de una fogata las verdades del mundo antiguo sin tapujos y entender como la debacle del milenio pudo evitarse para dar al hombre una oportunidad más de existir sin perecer en el intento. Quizás algunos pensaban que no escribía pero pasaba sus horas y sus días como un digitador que nunca cesaba, pero al tiempo su vida era escribir y escribir era su vida, caía lento en un tao repetitivo e infinito, en cadencias y formas múltiples e inabarcables, el extenso delirio del caos tomando forma a sus anchas en lo que ha de ser y lo cautivaba pero también lo acercaba más y más a la locura, al sesgo del mundo circundante.

Las caras de los tres jóvenes en la fogata se parecía a la tres monos belludos y bellos como un ángel. El fuego se crispó y saltó una brasa haciendo un chasquido hasta el vestido de la muchacha y ella solo se tapó los ojos, el segundo se tapó la boca y el tercero los oídos. El viejo con su lentitud pescó el pequeño fuego entre los dedos y lo lanzó al fuego diciendo:

-Vuelve a tu padre pequeño hijo.

Y ellos lo miraron impresionados. Les dijo: 

-Ustedes tienen el mal antiguo de no saber quién es quién y quién es hoy, quienes son. No sean del mal. Busquen más allá de frontera a todos y encontrarán la verdad. 




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