Tres gaviotas giraban en el cielo, a ras de viento, dando vueltas y alejándose una de la otra. Y es que el gato las veía curioso, como en su movimiento iban dibujando sombras y trazos de historias humanas por suceder. Sabía que ellas vivían en el aire y nunca bajaban a tierra, sino tan solo para colocar sus huevos y empollar.
Y es el escrito mismo de la consciencia el que lo enerva entre los entablados y edificios. Caminemos más allá, por ese cielo nocturno o ese mármol blanco del día en que el gato de los cosmos avanza en entender el vocablo del ser más que en su propio sentido innato, sin sentido, capaz de elegir algo más que el dolor o las alegrías efímeras.
Es una gran sombra en la tierra misma la que dibuja. Es en la umbra de la luz que este gato se ve más, en el promontorio. La verdad no se ve desde abajo, ni desde arriba; ha desaparecido entre la niebla de la conciencia de una sociedad mentirosa y enferma, que da cavilaciones en el viaje al fin de la noche.
Cayendo enfermos de sus propios deseos invertebrados, aclamando el cielo nocturno, aclamando el cielo brillante de los ríos y los nudos, en que los ojos mismos de las arterias se diseñan para calmar su culpa, su abrir de ojos impactado, entre la marisma de sus pensamientos elegidos, resucitados del girar mortuorio de los calendarios.
Avanzando a cabezazos y cavilaciones y tropiezos y fascistas y comunistas y anarquistas, corriendo a la despensa en medio de las piernas de los manifestantes, en medio de las pancartas y el humo, el gato se lamía las patas rociadas en gas lacrimógeno. Pues, a su sombra y a su haber, no es preciso: él entiende mucho más que todos los humanos juntos, compadecido de su agreste realidad de buscar una libertad que perdió.
Entonces se encarama por los vidrios y fierros hasta llegar al punto más alto de toda esa ciudad para observar los autos y camiones, con su estela negra, surcar la calle y dejar su marca en el aire como una herida de smog grisáceo que supura maldiciones.
Allá arriba se ve un pequeño puntito negro de ojos verdes y fulgurantes que penetran todos los corazones humanos. Una búsqueda por encontrar la verdad en los destinos más extraños y ocultos.
El gato entonces bajaba a oler los pantalones de machos misóginos que inundaban los edificios públicos y los púlpitos de los sacerdotes. Y mientras la reunión de la empresa comenzaba, él se paseaba encima de sus papeles elegantemente y con gracia, mostrando su trasero al presidente y a todos los accionistas del Estado.
Así bajaba en los ascensores, se inmiscuía en la abadía bajo la falda del sacerdote sin que este se diese cuenta, y levantaba la cola para salir y orinar el incensario. Se abrió paso entre los arreglos florales, y sabía que ahí podría sentir el silencio de los ángeles.
La iglesia en silencio por la noche era una tumba delicada y sabrosa, y ahí dormía tranquilo y quieto, con su cola pegada a su nariz. Empezaba a soñar con un mundo en que los hombres consideraban la religión como una falsedad y mentira, pues se habían dado cuenta de que tanto humanos como animales tienen carne, hueso y sangre. Ambos mueren de una puñalada o un disparo, y por tanto son de la misma manera. Se muere en naturaleza.
El considerarse divinos y grandiosos hijos de Dios es distinto a considerarse una creación del Creador, quien en su magnanimidad creó todo a su antojo, haciendo planetas habitables y otros secos y yermos, mostrando distancias enormes entre uno y otro.
Saben, pues, que un gran pie viene directamente a aplastar estos insectos insolentes, pero no perciben el peligro, pues su diminuto tiempo no alcanza ni un ápice del Total. Quién sabe… infinito.
Entonces, ni budistas, ni cristianos, ni políticos son verdaderos en cuanto falsifican la realidad de la humanidad. Y siempre, hombre o mujer, atraídos por el espíritu superfluo de las modas, no se detienen a apreciar el noble momento que se les da.
El gato da un respingo y despierta con la primera luz de la mañana que da en el vitral gigante. Muchas manos de indios americanos muertos y uno que otro niño púber violado se ven aún en los vidrios con acrílico. Y de ahí, al piso, se ven sus sombras marcar un camino en medio del altar.
Se abrían los cielos, y el gato salía a la luz del sol por un agujero bajo el altar: esa siempre había sido su entrada favorita.
Y es que el peso de los días, de ver tanto humano deteriorarse y caer por las quebradas y quinchos, haciendo casitas humildes y delicadas, oscurecidas por la noche y la debilidad de las luces LED... Muchos paneles solares y rocas y quiscos y arbustos y tierra, y las demás rutas perdidas de miles de hombres migrantes, vagos, diletantes, enorgullecidos en el máximo dolor de su propia muerte, no entendiendo qué es eso e ignorando su cara aunque esté siempre a dos pasos, con el cuchillo dispuesto a ser usado.
El gato empieza su camino entre los techos, y a su paso se cruza la sombra de las tres gaviotas, girando ingrávidas como muerte, en un lento vaivén, porque saben lo que vendrá: la enfermedad, y también la inevitable vejez.
A veces es necesario entender más allá del mensaje que se da, para encauzar el destino, para invertir en la vida y también dejar surgir la verdad quieta, en el fondo del pozo cristalino en el que se mira.
Ahora el gatito salta entre un techo y otro para llegar a su destino. Con el debido cuidado, las fuerzas humanas podrían surgir, se decía este gatito negro y lleno del espíritu de la noche azabache.

Comentarios