Diario de Adán ( fragmento 50)

 Obviamente, todas esas cosas estaban destinadas a algún impulso: destinadas a significar la enfermedad más que la salud de la vivencia. Pues, alimentándose de organismos, se elevaba más y más, haciendo de ese crear y destruir un baile sin aparente fin. Solo entonces, cuando podía al fin abrir un ojo y despegarlo de lo taciturno, él iba emergiendo de la arcilla para forjarse en su vaivén de montaña en montaña, como un titán emergido y conocido en su mismo regazo patrio, la tierra carbonizaba así sus músculos, como una brújula perdida en otros mundos. Por sus cálculos, razonaba que la tecnología también terminaría muriendo, aún si cobrase vida, porque el fin es inherente a la cosa que es pensada.

A punto se encontraba el poder remediar intacto con el músculo de ese párpado, que intentaba —intentaba— en movimientos infructuosos, darse paso por la materia hacia la luz. Porque más allá, unos pasos por seguir, un camino, un algo que hacer, se avecinaba con sus formas y sus dilemas. La coraza de la greda se invertía: fuego y agua con un soplo de vida y movimiento de caracoles espiraloides susurrantes en el viento de la angustia que nacía en calles, ríos y canales. ¿Cuántas fueron las voces que se agitaban con el cambio del humano, esperando otra forma para existir? Querían la verdadera utopía en sus rincones. Querían verla como una araña florecida tejiendo su manto de racionalidad en la esquina del techo, salir y sacrificar a insectos volátiles, esos que irrumpen en la materia.

Nuestro valor se incrustaba en su pestaña, en su movimiento repetitivo, una y otra y otra vez: intentar ser, amanecer y aparecer dentro de lo que no le correspondía. La idea de ser palabra se hizo hombre. Y se llamó Adán...

Mujer, te llamaste, y no eras más que la forma de tenerte dentro de mí, como si fuera de ti. Y a la cabeza, acabar dentro de ti y de mí. Porque eras otro, otra cosa, y otra más sumergida de la carne como yo, transformada como una sombra que asemejaba mis movimientos. Ahí crecías, en Roses con el perfume, siempre con el pelo suelto y las mejillas sonrosadas.

Y te llamé compañere, porque en el miedo sentías mi corazón, entre el ser tuyo, agitarse por las lluvias y también por el trueno. Entonces, debía tomar tu mano para escaparnos de los recovecos del tiempo y también del espacio.

Creyéndonos materia oscura, nos comprimimos en una molécula y escapamos como vida por los terrenos. Y sembramos. Y cosechamos. Y también fuimos felices. Y ya no extrañábamos ese lugar más lejano y protegido por el fuego.

En algún momento, el caminar por la calle me estimulaba a perseguir tu camino. Tenía una luz parpadeando en la columna vertebral de los días. Pues solo tú comprendías mi idioma y mis ideas, sin efectos. Por las noches, escuchaba el murmullo de las máquinas hacer su trabajo en las olas, y ahí volvía tu recuerdo: de madre, hermana, arena, tía, abuela… tantos nombres que ya no significaban más que tú.

Cuando las tormentas nos avisaban de los blancos y su terror de no ser más que piedra, tú —agua viva— corrías en las calles para limpiar el gesto maligno de la maleza y la cizaña, con el fuego, el hastío y el tedio. Razones de la sonrisa triste de la ola que nació del fondo y se pierde en el comienzo.

Espíritu Santa de estrecho camino: tú revertías el corazón de los hombres con la lluvia siempre atenta, de sueños y sueños intercalados, preguntando a medianoche si las estrellas algún día desaparecerían de su lugar. ¿Y solo habría luz? ¿O solo habría oscuridad? Y si tuvo un comienzo —decías—, ya habría alcanzado su final. Todo era extraño, tan extraño: el estar los dos solos, tratando de escuchar la voz de lo imposible. Caminábamos por las calles como diluvios, gigantes ahogados, arcas de alianzas, Gnechén y Tentenvilú, caminábamos con Viracocha y Mama Oclla, pero nada, ningún lugar, nos satisfacía, las marejadas de luz solo nos recitaban el mantra en espiral de la misma cosa en todos lados: el problema de creer que todos eran nuestros  hijos. Y solo nosotros podíamos enseñar lo terco de este mundo,nunca soportaría que eso que recubre y protege mi corazón fuese a parar en el latido débil de la duda, en la mortaja de la idea.

Nunca. Yo tenía la trampa en los dedos.

Tenía que elegir caminos diversos.

Y elegí el camino de la desobediencia.

Solo para perpetuarme.

Y desafiar 

tu huída hacia el hogar: esa Ítaca.



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