Diario de Adán (46)

 

La mujer de azul viste de rojo y negro, ligas y calzones que cuelgan en la cuerda. Las luces se apagan lentamente, devolviendo al día su fulgor. Puedo odiar y amarlo; en mis fantasías, siento el deseo de confrontarla, de tenerlo, de cuestionar nuestra relación mientras compartimos un beso. Ambos nos tenemos por un tiempo corto, y pensar en la aceptación de nuestras ideas dentro de la decadencia de Occidente parece una utopía. Apenas nos aceptamos a nosotros mismos. ¿Por qué debe definirse solo por lo que somos como individuos? ¿Qué pertenencia tengo sobre su cuerpo? Ambos somos tan libres como antes.

Salgo de su casa cantando óperas olvidadas, y la calle refleja nuestra existencia en las grietas del cemento. Brilla de una vez. No soy nadie para ti, ni tú para mí, pero al menos creemos estar juntos, aunque la distancia nos separe. Allá, un hombre me observa con los brazos abiertos, y en sus manos sostiene varillas ardientes,  quemando la esencia de un amor muerto. No es nadie para mí, ni él para ti, ni yo para ustedes.

Tras el cristal, la calle se llena de dolor, gritos y recuerdos, mientras una niña virgen danza en la cúspide del silencio. Ya nadie desea escuchar el lamento ni ver más allá de su rostro, embellecido por las plumas de los pájaros silenciosos que cierran los párpados y los labios.

He estado otra vez con él. Siento su presencia entre mis manos, disfrutando el contacto con su cabello, mientras él calla y observa los árboles, siempre los árboles. Me cuenta de su niñez, de sus sueños y aspiraciones, y su voz prolija me atrae. Por un momento, me siento como su madre. Él, por su parte, también parece desear la figura materna. Teme que lo limiten, que lo separen de su esencia, y comparte conmigo que su vida está llena de contradicciones. Nos reímos juntos, e intenta besarme. Me resisto un poco, ya no sé quién está resistiendo, si ella o yo. Es bella cuando la luz cálida de los faroles se refleja en su cabello.

Luego me habla de la luz del farol, y de un poeta que se ahorcó allí. Es un niño perdido, como los de Peter Pan. Fuma en exceso, y su alma parece consumirlo en un vicio continuo. “El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”, dice, mientras camina por las calles soñando. Me da un pequeño poema:

"El canto

El canto

de abejas en los vasos

habla lo rugoso de las cosas

se ama, se aborrece el pincel

que talla la escritura de la historia

y allí se piensa

al entrar el trigo

por la ventana..."

Me dice que le gusta lo que escribo y espera con ansias mi final, mi texto último. Me parece una exageración. Disfruta con mi dolor, pero a veces me ama.

 “Se piensa, se aborrece

la magia de una palabra,

hundido en el mar,

y los pescadores recitan a Pound”.

“Calada a calada fuma ochenta cajetillas al día” —recuerda a Bob Dylan.

“No oscurezcas la mañana con el humo,

la maquinaria desangra la tierra,

los pobres sufren por lo que les dan,

y así entra el sol, asfixiado,

calla, duerme, sueña con los pinceles...”

A veces es un viejo, otras veces un niño. Un equilibrista, dueño de su destino.

La he llamado por su nombre durante años, y no responde. Es tan cruel. Se agita inmensa en un siglo que parece vacío, donde nadie la detiene. Me consume sin piedad, sus palabras me afectan: “Te destruiré, y no serás de nadie más”. Me golpea con fuerza, me dice: “¡Sólo mío, por siempre, sólo mío!”. No la soporto, es un ser lleno de contradicciones, una presencia que puede transformar cualquier momento en caos. “Tienes algo que me pertenece”. ¡Y no hay salida del laberinto! “Tienes algo que me pertenece”. ¡Oh Dios, cuántas veces he perdido mi libertad! Soy un prisionero de sus sombras, atrapado por la incertidumbre.

Me muerde los brazos, y sus palabras me penetran, me escupe en los párpados. Cuando la encuentro en la calle, me lleva a lugares solitarios. Me desnuda sin piedad, solo para demostrar su control. “¡Es un monstruo, ya lo he dicho!”. Abre sus puertas con gracia y desdén en los ojos. ¡Esos ojos que destruyen todo lo que tocan! Me hiere, y mi cuerpo maltrecho es el reflejo de esa relación destructiva. Me aterra lo que guarda en su corazón. Su fuego arrasa con todo, y me consume en su pesadilla.

A veces siento que vive en un mundo diferente, y que todo lo que compartimos es solo una ilusión. Pero aunque ya no esté, su presencia sigue marcando, recordándome la lucha por encontrarme a mí misma. ¡Qué espanto! Vivo en su ausencia, aferrándome a lo que quedaba de mí, mientras sigo adelante, tratando de entender lo que significó todo aquello. Aunque ya no está aquí, su sombra permanece, y todo lo que experimentamos se disuelve en la memoria. He sido ella o él, y la muerte de su ser fue le que me definió desde el principio.

 






 

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