Una torre alta extendía su cuello hacia los círculos de nubes y vientos. En las tardes me colocaba a mirar cómo la aguja se movía por el patio y descansaba su sombra entre las hojas de los árboles de la zona, como si fuera un acto mágico predispuesto a la mano de la materia, describir un círculo y una línea a la vez. Enclavada en la tierra con sus postes rígidos y los fierros tensados a más no poder, arriba, arriba, hasta el centro único que junto a Benjamín subíamos a dejar ofrenda a los dioses supuestos y pequeños, creados por la imaginación de la infancia: insectos y piedras, soles y planetas.
Mamá lloraba junto a las brasas cuando llegó la noticia que sería demolida la casa, que la huida era inevitable, y así miraba el cielo cubierto de cenizas, el árbol, el manzano en el fondo del patio, y los troncos florecer hacia la disolución. Pasé largos momentos de angustia, pero la casa continúa allí, en mis recuerdos, enaltecidos de nuevos aires, mirando nuevas cumbres y generaciones. Fui relegado a una casa de "ciudad", con solo sombras y sin personalidad, frío, fría, veía sombras y rostros allí donde no había más que viento y fulgores apagados, polvo gris, las tiernas manitas de los niños amoratadas por el frío. Las veía pasar por la acera, sujetando las barandas metálicas. Tantos años, tantos, y ahora cientos desde que nací. Y la casa en pie aún recita su manto a lo largo y estrecho, caminando con los ríos de la perfecta memoria del sexo. No sé qué más podría decir de esta casa. Su tierra infértil sin un gran patio, a un lado las cornisas, y al otro, las pestañas de los sauces sacudiendo más allá el polvo de un caminillo estrecho con piedras, por donde bajaba hasta perderse.
Miraba una torre moverse, ondulada de los aires, y se escapaba del reflejo, moviéndose hacia la oscuridad de nuevos días. Por la tarde vi una película donde un personaje, Milton, de 40 y tantos años, casi como si fuera una consecuencia de los campos magnéticos producidos por el aparato que había inventado esa noche, arrastrando las partes y preparando cada cable en su posición. Lloraba mientras el metal se bruñía. Había pensado que, si hacía girar la electricidad por bobinas de hierro con distintas formas en espirales, produciría un corte en el espacio, su forma poética de ver. Precisamente para eso necesitaba que su pequeño aparato girase tan rápido como fuera para crear una fuerza gravitacional y capturar la centrípeta. Su idea era reducir todo al máximo de la línea. Se limpió las manos en la camisa, secó su sudor y ensambló la última pieza con los dedos temblorosos. Una vez sentado, tocó el dispositivo y lo encendió, la habitación completa se redujo a un punto en su cabeza. Las partes, los cables, la casa, el giro, todo se concentró, estiraba más y más por las explanadas del éter hasta volver a caer y levantarse, caer y levantarse, casi como si fuera una consecuencia de los campos magnéticos producidos por el aparato que había inventado esa noche. Simplemente se reía, los dos: él y el espectador, que las personas creían que la fábrica de agua absorbe el hidrógeno y el oxígeno. Reclamaban por la sequía y protestaban bajo el calor, tomando agua en los charcos restantes de los pozos. Cada vez que su voz de protesta quería alzarse más fuerte, más fuerte se escuchaba las bocinas, y cada vez más fuerte, más fuerte se escuchaban. Y al parecer no había manera de romper el silencio entre estos dos. Recordaban que había un límite indefinido por la atmósfera, que en otras partes no se puede vivir más que en el "aquí". Risas por esas fábricas de conocimiento que no pensaban ni lo más básico: debemos seguir, reír...

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