Yo llevaba la estela, sí, por ahí, una estela fructífera, bebía de ella en las botellas sembradas en mi garganta, se alzaba en los versos de Verlaine, de él, hacia atrás nada más inexistente que el dragón rojo de Rimbaud, ciertas veces se aparecía en mis sueños o en las hojas cayendo lentamente de un árbol, sé que es una imagen rebuscada y utilizada una y otra vez, ora una almendra en otoño ora una barca silenciosa del cuerpo, como diría Rosamel del valle, en las piezas oscuras no se alcanza a distinguir el beso de las primas.
“Soy todo el hombre, el hombre herido por quién sabe quién” Paulina herida en la nieve o Herman herido por las botellas dejadas tras de sí, un reguero de sangre en la nieve ¿o vino? Secretos inundados de mar, sonetos inundados. Siempre reprocho la poca persistencia en la Poesía chilena, si hay alguien enamorado de ella es Cundela o Sanpa Divina. Dos monstruos, dos espadas en la misma funda. Igual Argentina no está mal, con su modernismo o vanguardismo mitigado. Borges o Lugones, Herrera y Reissing, Cortázar, Lamborghini a quien nunca leí, Storni brillando como un pez en el mar mistraliano; a Cundela nunca le importó el Nobel o esas cosas; pervierte la Poesía el premio que se recibe por ella, ¿un tributo de ella por el amor profesado? ¡Oh, cielos, enorme zafiro con incrustaciones de cuarzo! ser un buen poeta es no ser un buen poeta. Sí, por ahí, en las manchas que desarrolló la maldita filosofía, una mancha pequeña no es un pecado, pero Lewis Carroll, ya lo sabía. Tres o quince, veinte entendieron que la simpleza va de la mano del hermetismo siempre, ¿Blake? ¡No, Blake es demasiado hermoso para ser hermético! Anguita quizás.
los comensales
parecida a la armonía de sombras
gatos y perros,
la lucha brusca,
tormenta Gris.
Solo una sombra soy
Camuflada entre hermanas
He disperso mi cuerpo
Hacia lo anal de la vida.
El semen dibuja en el suelo,
Caen todos al centro de la montaña.
Mañana será la mortaja
La que bese mis labios”
¿Qué más decir? llorar implica tener un dolor y la Poesía no experimenta sensaciones humanas. ¿Inhumano? Sí, como esa fascinación inhumana por el dolor con la cual Herman devoraba con hambre hamsuniana a Miller y se masturbaba creativamente con sus novelas, tanto como lo hizo con Dostoievski o David Lawrence... “La fuerza es fuerza siempre” repetía cuando caía en la embriaguez del vino, lo amaba, tanto como Baudelaire. Yo nunca estuve loco pero la vez que vi la locura fue a la entrada del bosque, contra la pantera de Dante, contra el león de Nietzsche. Los modernistas solo tuvieron una buena estrofa al final de un soneto, uno de esos que nunca tuvieron autor:
en tus anquilosados brazos del rayo
tú, cielo de zafiros que giré ayer
sombra que despierta por las tardes”

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