(Conde de Montparnasse)
L’ errot
Putos críticos nunca han aprendido nada de sus lecturas, putos, putos ¡PUTOS! Vendidos a su opinión ¿opinión?¡já! No hay tal cosa ¿de qué vale una opinión entre mil ochocientas treinta y cuatro opiniones? Los vi morderse el culo entre ellos. A uno de esos que le gustaba follarse jovencitos, un tal Zurrita, lo encontraron empalado en un palo de escoba. Su lujuria lo eliminó, su cara de perro con lepra, su “meneíto” de Parkinson, dicen, le ayudó a masturbarse por las noches; juraba y perjuraba por su Poesía de vaca famélica ¡vean su término! ¡Puto gañán tembloroso! No alcancé a conocerlo, pero su olor, su hedor, era tan fuerte que inundaba las praderas chilenas. Puto maricón.
Conversando un día llegamos a la conclusión que todos los críticos eran maracos solitarios que babeaban por un par de penes en sus manos, estaba a favor de sus textos penegíricos, sin embargo, la elocuencia y la fuerza de esa lengua me dio una buena patada en el culo.
-¡Esos imbéciles defecan en el portal de los maracos! Mira, se dedican a sobajear un par de podetas y se vanaglorian con títulos universitarios, sus esposas son viles ratas de pasarela, observa las fotos, son todas unas babosas deformes, sus mujeres y ellos unos chorizos –como diría Henry Miller– con pelos. ¡No hay nada peor que esa mierda en descomposición! ¿Piedad? Me dices ¿piedad? bajo esa manta cristiana todos los valores son desvalorizados ¿y la creación? ¡La creación, hombre! LO MÁXIMO, la creación, no esa palabrería banal de reo del periodismo. Hijos de puta lo único que hacen es la manicure de sendos poetuchos de alta sociedad. Sus críticas no son creaciones, no son más que pellejo de perro muerto –hablaba sin detenerse y le preguntaba por Herman.-
-Herman también escribe críticas.-
y reía:
-Esas galimatías no son críticas, son meros sofismas; al menos ser aspirante a crítico presupone ser un chorizo sin pelos, sin humus estructuralista. Solo sabe follar, beber, cagar y uno que otro poema de memoria.
Aquella vez, descansando sobre el césped, era un día soleado y los árboles introducían sus madejas de lana verde en la luz; muchos automóviles se deslizaban dejando cintas de humo. “Este mundo nos mata cada día, esta maldita contaminación. Me alejo de las urbes para no recordar y hasta en los lugares más lejanos encuentro basura de la ciudad. No soy ecologista o un fiel lector de Capra o Darwin, es que no quiero recordar, el mundo me importa una soberana mierda, pero el muy desgraciado en todas sus formas recuerda. Preferiría ser un murciélago o una sanguijuela a humano, ¡detesto ser humano! Odio a todos los humanos, me incluyo, ¡a todos!”
-¿Y tus familiares?
-¿Qué?
-¿Los odias?
-¡Son humanos! Jodidamente humanos. ¡Las piedras son humanas, los perros y gatos, las paredes blancas! Toda la mierda es humana. Mataría toda esta raza de incrédulos del homicidio del amor mortífero, los mataría con una bomba H o una colección de obras completas de Proust en un solo tomo. El asunto es matarlos y mientras uno solo de ellos viva viviré para atestarle un librazo en la crisma y desangrarlo. Solo espero que el último hombre sobre la tierra me conozca y lo acuchillaría, quemaría su cuerpo y me hundiría en el mar con su cadáver en cenizas en el puño.
Apolo estaba bajando sus pestañas y él se levantó, dijo algo que no recuerdo, los autos dejaron de pasar. Y una brisa extraña envolvió su sombra, lo único que de él vivía.

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