Fornicio (fragmento -Los poetas grises-)

 Y eso ampliaba sus frases aún más. En cierta ocasión después de bañarse y pasearse por la pieza en esa vieja pensión de Los Arenales, miraba tras el cristal, lejos, siempre las ventanas que llaman a ver más que un ápice y quería todos los paisajes, todos los colores, todos los sonidos plasmados en los árboles, perros, gatos, pájaros y flores entrometidas, moluscos y ribetes de humedad y moho, cavernas y más cavernas, solo en ese momento veía esa “cosa” colgarle en medio de las piernas, era una verga descomunal, gruesa y macilenta, mustia, que se movía como un péndulo, una cápsula de amapola violeta ebria; sobre el suelo describiendo breves elipses y sobre la madera del piso unas gotas caían destilando una hebra líquida brillosa que en el suelo permanecía refulgente. 

 -¡VAYA CHUTO! –exclamé para mis adentros- con ese garrote debe hacer maravillas –exhalé un suspiro y empecé a escucharlo poniendo cada vez más una actitud rígida.- 

Me dijo: “Sumergido en el agua esperaba que su mano lograra alcanzar el borde de apariencia tan lejano; un sueño hipnótico lo envolvía, podía consumar en su cabeza los actos empezados esa misma tarde en que el cuerpo se concentró en su entrepierna. Se veía en su muslo una débil gota blanca, era obvio que su abultado miembro reaccionó frente a la mirada, aunque teniendo un ojo de vidrio producto del teleidoscopio sus movimientos no perdían su don, su rostro no escatimaba en sonrojo y su pelo castaño oscuro ya estaba desparramado en las sábanas. Uno de ellos, verde, envía ondas voluptuosas a su pene, es la manera de mirar ansiosa por morderlo y tenerlo en su boca, además no se resistía a esa imagen donde ella con su saliva lo humedece dando diestros golpes con la lengua, “Lo lubricaré completo, está tan duro” así era más agradable ese agujero dorado que llaman vagina. Después de saber eso habló con ella, la buscó por facebook y quedaron de juntarse en su departamento. Uno de clase media baja alta progresando –una tontería a todas luces- adornado con chucherías hindús, japonesas, chinas, tailandesas, pues por una “extraña” razón social se atraen hacia ese tipo de culturas, ella era así, un poco causal en sus gustos, el reggae, Janis Joplin, Hendrix, Bob Dylan. Algunas noches escuchaba música al unísono que una mano acariciaba el musgo, el tacto de sus dedos en los jugos, el olor de marisco descompuesto la mareaba, ese era su gusto completo por los habitantes marinos. Spaghetti con salsa bolognesa, queso, salsa tártara en el pan, huevos cocidos, pimienta y rábano, atún y semillas de amapola, agua (utilizada para neutralizar los sabores en la boca en la enología), luego vino cabernet sauvignon 120, botellón, un café irlandés. Empezó por su cuello hasta la boca y de ahí a su frente, bajó por detrás de su oreja, mordió el lóbulo y descendió directo hasta los senos agarrándolos por su borde, introdujo el pezón en sus labios, arremetió con la punta húmeda, eran unas tetas respingonas cuya suavidad nivelaba, experimentó un goce tal que su pene se endureció como nunca antes, ancho y gordo palpitaba encerrado en el jeans. “Bien –pensó– entonces no compartiremos el cepillo de dientes” Los pantalones se arrugaron a sus pies ocasionando una imagen un tanto cómica: delgado con un calzoncillo rojo con una oz y un martillo temblaba por el frío y las oleadas de insectos placenteros rodeando su glande. El bulto ajustado impedía escapar la maquinaria sexual allí atrapada, era una representación de toda una sociedad que algún artista había planeado, pero aún así, aún así continuaba en el juego. Bajó sus calzones con encajes, sin faltar a su educación tocó el relieve de la prenda que ella le ofrecía, jugosa, una delicia para sus labios…





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