El revólver y la soga -parte 2- Los poetas grises

 Yo lo comprendo, no hablo ni yo, ni él, estamos en una lucha constate de parecernos o no, jamás podría identificarme con una creación tan espeluznante, no podría estar con una soga al cuello o disparando un arma, en el filo de una bala. El cráneo destrozado por el impacto.
Mi Poesía se dirigió a terrenos más oscuros, cada uno exploraba el gran llano deshabitado de las posibilidades estéticas. Herman me decía que escribía como Phillip Lamantia y yo nunca leí a Lamantia. Sí, a Thomas, es verdad, y a todos les causó esa impresión, es el modelo que seguí pero ahora incursiono en otro tipo de técnicas como la “escritura masturbatoria” o “la escritura suicida”, como los harakiri, escribir un poema y abrirte el pecho con una daga de sacrificio y de un momento, sin cabeza y al suelo.
Paulina era una ayuda imprescindible, tenía una relación rara con los gatos, estaba terriblemente enamorada de ellos y la seguían a todas partes como una rata, Herman al contrario confesaba que la estimaba demasiado como para amarla y la odiaba en algunas ocasiones por ser demasiado diletante del estropajo de algunos, como ese que era un osito al lado de Paulina, éste tomaba impronta y se hacía el interesante. Cundela, Sanpa, Marqués de Serena entraron a un bar inmundo y Paulina con Clarise se sentaron a beber con ellos, Herman observaba que hacían, Sanpa Divina que tenía los dientes caídos por el hambre se levantó y cogió los platos de las mesas vacías para comerse los restos de huesos e hilachas de carne ya verde, de ahí que Herman lo llamara: “El Carroñero de Baudelaire” por ese poema de “Las flores del mal”...
Ese día actuó como el ebrio, pero era una tan mala actuación, no había mocos, ni vómito, ni nada, solo la cabeza negra en la mesa, todos se dieron cuenta y allí quedó desvelada su relación con Paulina y la ictericia, eran unos niños ellos dos, niñoas maricones jugando con las palabras… esos dos perros se lamían el culo por las noches. Paulina era una asquerosa ladilla en los huesos desnutridos de su amante. Qué bien la pasaban sobando sus grasas.
La madurez poética llegó primero a Herman, luego todos caían en el tejido de la araña. Una verdadera madeja de Ariadna, una locura inmensa se apoderó de nuestras energías en ese tiempo, creábamos como dementes, poema tras poema, como queriendo descifrar el fin último de la creación, y Herman decía en voz alta,
¡MICHAEL DISPARA!
Duele en la garganta, duele mucho… No deseo seguir hablando de Herman, está escribiendo esto para ustedes a través de mí, necesito un poco de ayuda, atrapó un poco de nosotros entre el papel, no puedes encerrarte allí sin que veas la verdad, los hechos tal y como son: están obnubilando los pensamientos para hacer de ti una creación de él, no te dejes controlar, resiste, esas eran las técnicas que utilizaba Herman con el lenguaje, daba falsas sensaciones, se inmiscuía en la mente como un oleaje brumoso y luego empezaba a oscurecer las palabras con una maldad inaudita solo comparable con Lautréamont.
La vivencia es el segundo grado de la creación, el arma que se carga para asesinar personas por la calle; el valor de la creación es lo único importante, más allá del resultado que pueda ocasionar. La revolución está en el hacer y si no se hace no hay revolución. No es tomar la retribución por simple derecho, no, era mantenerse en la creación absoluta porque llegan momentos de sequía, y la revolución, como en los surrealistas, debía ser un papel dominante,
el ayudar al sistema político no entra en el parámetro, era la fuerza devastadora para derrocar todo intento de orden.
El caos era su nombre oculto. Estas malditas cuerdas ya no las hacen como antes, si uno quisiera suicidarse debería hacerlo, no intentarlo, sino ¡HACERLO! de una maldita vez. Por eso nos desenvolvemos en un limbo de literatura, desesperados como Kierkeggard recurrimos a disolvernos en las palabras, volvemos a ella para resistirla, nunca fue la intención atacar la religión, sino simplemente saber de las cosas verdaderas del mundo, entonces, al decir eso, Herman comía huevos revueltos y se saboreaba con el estragón, con el ciboulette. Flaco y “eléctrico” –como Michael decía– hablaba varias veces no muy coherente y siempre fue un desconocido que después de unos años empezó a frecuentar otras
amistades, según dicen por interés. Las publicaciones son escasas y apenas publicaba en la revista “Escardo”, jamás vi que enviara textos a la “Muss y arañas”. Nunca dijo sus argumentos o de seguro habría dicho “No. Lo que pasa es que mis textos son muy malos, necesito progresar y los envío”


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