-¿Y éste? –preguntó escondiendo su cara en la oscuridad del pasillo.-
-¿Este qué? –preguntó Herman con firmeza– cuidado no juegues.-
- ¡Vienes con esas webadas! –le gritó el viejo.-
- ¡Viejo de mierda! ¿Quieres que todos se enteren de tu secreto? –lo agarró del cuello y lo sujetó contra la pared, sacó de su bolsillo una cuchilla, una navaja me percaté después porque las sombras eran espesas o la luz muy débil, la presionó contra el rostro arrugado haciendo una marca roja en el rostro– ¿Quieres que te deje igual que Zurrita?
-¡No, no!- lloriqueó.
-Hazte a un lado -el Marqués pasó empujando al viejo- vamos Herman ya no aguanto más –y se perdió en las sombras.
- Ya sabes comportarte como un adulto, ¡estás un poco viejo para lo coloquial! Vamos Cáceres.-
Soltó al viejo, estaba muy oscuro y fue difícil encontrar el camino, apenas unas hebras de oro atravesaban la ventana; sabía que aquel viejo venía detrás y no me inspiraba mucha confianza. Al final de un pasillo apareció una débil luz bajo una puerta y la espalda de Herman franqueando la entrada, llegué hasta allí y al mirar en el interior vi la escena más horrible que puedo recordar: en la cama una mujer agonizaba, estaba desnuda con las manos y los pies amarrados a la cabecera, los cuales no podía mover ya que alrededor de todo su cuerpo un alambre de púas se empeñaba en sujetarla. Su vagina y otras partes sangraban, su cara amoratada era a causa de una paliza hasta el cansancio, en el suelo de madera se veían varios implementos con mierda, de seguro proveniente de su intestino grueso.
Herman se acercó riendo, saltando y cantando “No te giorno fabricar er chi nulla sagradir” creo en un tono de barítono, imitando a Leoporello en esa ópera de Mozart.
-Ves Cáceres, tú, poeta joven, te presento a Isabelita, una narradora dorada ¡qué horrible, mira, santo dios! Cuando ya no quiero me salen con esmero estas rimas sin primas que voy diciendo no sabiendo qué explican las malditas ¿un autógrafo? ¡un autógrafo! –Se dirigió a Isabelita– ¿un autógrafo damita? ¡leías a Shakespeare cuando niña! ¿Y cómo no eres lesbiana? ¡leías a Neruda con fascinación! ¿Y tus talentos donde están? ¡no me dirás que esas novelas son serias! –la escupió– no malgastes mi tiempo, es lo único que pido. Malgasta el tuyo pero no me robes con tus islas bajo el mar. Eres una excelente escritora de burgueses por eso te respeto, por tu dedicación al fascismo. Ya, basta, sale de aquí.
Le soltó las amarras e Isabelita sacó la alambre de púas incrustada en su carne sollozando, dijo “maldito” tres veces y luego “zoperutano” y “escoria” y Herman respondió tres veces “chupapollas” luego “lagartona caliente” y “tú lo serás vieja reculi’á” Mi sorpresa se presentó al ver que Isabelita intentaba seducir a Herman, quejándose, éste la echó de la habitación bruscamente. Al cerrar la puerta me dijo que ya no la soportaba más. Una vez la raptaron y torturaron, pero siempre volvía por más, “siempre vuelve” repitió.
La habitación era grande, un techo de Iglesia y mampostería. Las ventanas del porte de un hombre quedaban cubiertas con unas cortinas de terciopelo rojo, el piso era de madera, fresno al parecer, y sobre él habían colocado unos cojines tornasoles que tomaban distintas tonalidades al pasar la luz besando sus labios, una majestuosidad enorme elevaba sus brazos en aquella habitación y mariposas lumínicas, como aquellas en infancia desfilaban en las sombras “ah, el universo tiene más espacio que materia y una lluvia de mierda refresca la lengua de la gente en los pasillos de sus laberintos” un efluvio genital en la mejilla de una asiática recitó el Marqués en tono grave y misterioso. Pasado un rato, aparecieron por la puerta tres jóvenes en finas batas de lino teñido rojo como ese desprendido en las catedrales góticas por los vítrales con figuras alegóricas. Este placer deslenguado en sus cuerpos evidenciaba en ellos tres un gusto del grosor de una sombra; sus pasos eran como el ruido de la tarde producido por una sombra delineada por la luz moviéndose en la pared, acariciando a un ritmo y formas distintas. La melodía exacta, la solución a los problemas matemáticos, al rechinar de dientes, al ladrido desesperanzado antes del aullido por la sed. Majestuosos en belleza, los Grises, se acercaron desprendiendo sus batas ceñidas al cuerpo que cayeron sobre el piso.
Herman se puso de pie con dos copas y gritó a viva voz “Sit tibi terra lebis” Para algunos es terrible esta fascinación por la corporeidad, escuchar, ver, oír, degustar o tocar, incluso el pensamiento son formas de placer corpóreo y de una forma u otra cualquier acercamiento a la materia obliga al dolor o al disfrute. Por eso mis manos gozan con la sangre o mis oídos con el grito que se reprime mordiendo las sábanas o con los cinco dedos aferrados cual araña dispuesta a combatir con el alacrán (recuerdo la novela de Weirauch “Der Skorpion”) fustigué la espalda del caballo hasta que el vino corrió hacia las cadenas, una mazorca de maíz entró lenta en el ojo lubricado hasta tocar (como un dedo del amante en la mejilla de la amada) la próstata a través de los pliegues de la carne.
Bueno, no contaré impudicias del Marqués o de Herman, esas cosas son farandulescas ¿Quién sería para destapar el manto con el que se cubre el baúl de sus armas eróticas? ¿Quién? Mas no solo puedo decir que a Sade le faltaron ideas, su perversión era tal, horrorosa, capaz de transformar una mente sana en un desquiciado. Al terminar, confundido, pues Herman sacó de sus calzoncillos un cigarrillo liado de marihuana y al ofrecerme lo acepté gustoso, ya que no era fácil conseguir, al menos en persona, un poco de “Alpiste”, entonces, en ese vuelo narcótico perdí todos los estribos y estuve hablando con jadeos, gritos, chillidos, mientras mi mente labraba formas entre las sábanas y las cortinas y la pared; formas implantadas en el interior de las velas que se paseaban por el techo y observaban nuestros actos con hilaridad en una sonrisa que más bien era un poco de semen flotando en las ropas luminosas de la noche, así también aquellos que acostumbran a masturbarse en las piscinas dejan una mancha de hielo flotando en las aguas, que luego desaparece al extender sus brazos para abrazar el mundo en un estrechar que abarca hasta las mismas sensaciones de una mente intensa, por primera vez sentí la comunión con la Poesía, sin embargo, enfrenté un miedo a las cosas venideras, un malestar bajo el estómago y sobre mi virilidad donde recién afloraba el vello púbico de mi disminuida edad.
¿Cómo saber cuánto tiempo llevamos ahí? Las ventanas y todo estaba cubierto, las velas no se consumían nunca y era verdad, encendidas durante largo tiempo. No podía comprender que el Marqués se entretuviera leyendo párrafos de un libro, cuyo nombre no recuerdo, a su compañera, o que Herman acariciara una y otra vez sus dedos en la cabeza adormilada reposada en sus muslos, sonriendo como idiota y murmurando una frase confusa para cualquier oído. Cuando el Marqués y Herman durmieron y los otros tres caían en los terrenos de Hipnos logré escapar hacia el placer de la tortura.
Pasaron muchos días en mi ciudad natal, en las noches observando desde las calles más altas el resto de las casas, recuerdo a Los Arenales, a quienes conocí y que hablan desde el fondo de la habitación tomando del eco con las bocas, su PALABRA. Tomé la decisión de no verlos más, sus furias, el talento desbordado e inútil, todo eso presionaba mi pecho. Pasó algún tiempo hasta que los recordé otra vez, en un diario apareció la noticia de unas mujeres que se habían suicidado lanzándose del edificio donde compartían cuarto. Los Grises, pensé, aún juegan con la hipnosis.

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