- Pero de alguna forma es sumisión, que ella actúe y uno reaccione.
- Si los hombres reaccionan y actúan, ¿has escuchado la ley de entropía? La mujer en sumisión, el poderío supuesto del hombre, el lado masculino se vuelve pasivo, lucha contra las maneras femeninas.
- No, recuerda que tengo 17 años, además qué importa, ¿Por qué te importa?, ¿a ti te gustan las mujeres?
- ¿A ti los hombres?
- Soy “hetero-curioso” –declaré.
De un extremo de la mesa Herman lanzó una carcajada que me hizo temblar, estremecer ¿Cómo era el cliché? No recuerdo. Y dijo que los “hetero-curioso” no existían, que era una forma de ocultar la bisexualidad. Ese argumento lo he escuchado miles de veces le dije, y se cagó de la risa mientras corría al baño para limpiarse. Consideré esto una extravagancia. Pasaron cervezas, una que otra botella de vino, algunos cogollos amortajados. Una discusión sobre el destino de la Poesía o la actualidad de Los Arenales. En minutos de silencio salvaguardé mi intimidad observando los cuadros de la pared. En uno había un búho, más bien la cabeza de un búho y dentro una galaxia de puntos blancos difuminados, en otro unas líneas daban forma a tres hombres y una mujer, uno estaba acostado penetrando a la mujer por lo bajo, otro de cabello largo la enculaba y el tercero con un rostro como dibujado por Brueghel le introducía un pene en la boca. Y otra vez la manita del niño.
Apenas tuvo oportunidad Cundela empezó a hacer una diatriba contra la Poesía española “nuestro principal rival es el retrógrado pensamiento hispano, debemos pensar en otro lenguaje” Y Cabellos rizados hablaba de Whitman y sus incidencias con el budismo, Herman, que volvió del baño decía ¿Pero cómo? Si Whitman es Occidente, él solo. No, no, Whitman occidentaliza oriente, es eso ¿No entiendes? Este conjunto de ruidos y botellas. Sus risas desagradables, el ruido intenso del pensamiento, los vasos chocando como soles cúbicos derramando cerveza en sus estómagos. ¡Salud por Baudelaire! ¡Salud por la Poesía!
¡DALE, SÍ, OH, AH, LAS PIERNAS!
Algunos, los menos Grises, caían borrachos y otros los despertaban y emprendían su rumbo. Hasta Paulina desapareció sin darme cuenta y luego Herman el cual, hilarante como hiena tenía las mejillas sonrosadas, quizá excitación, quizá la lluvia que no menguaba de rasguñar los vidrios, quizá la energía de la Poesía. Al final solo quedó Sanpa Divina, borracho hasta los huesos, Herman como una luna invernal, Thomas entornando los ojos, Cundela coqueteando con una mesera, etc.
Con Sanpa, no aguantando más, nos encerramos en el baño, me la mamó y nos fuimos. Otra vez la calle apestosa donde –me imaginé- a Morgana, Paulina y Herman corriendo como serpientes aztecas bajo el volcán. Bebiendo a la par con Morgana, cervezas, el tequila margarita, los terremotos, los borgoñas, esa Morgana ayudó a Herman como nadie, era su amiga, sí, y nunca hubo malas intenciones de ninguna de las partes, compartían, vivían. Morgana era propensa a creer en el amor con demasiado terror a su desequilibrio natural.
Fuimos a comer a un restaurant de poca monta, buscando el silencio, lo “piola” dice el coloquialismo. Sin darnos cuenta apareció Herman con el Marqués de Serena en la puerta del local, se acercaron a Sanpa y discutieron, ella se sentó.
Vi al Marqués apuntarme y Herman decir en voz alta: ¡es un maricón! Me puse de pie al oír esto y le dije si tenía algún problema, si quería pelear. Allí mismo pensé en romper una botella de la cerveza en la mesa. Vaya, vaya, me miró, como el cuento de Chuck Palahniuk.
-¿Estás seguro? Síguenos entonces.
-No le hagas caso –murmuró Sanpa- No vayas, una vez los acompañé y fue horrible.
¿Qué cosa? –le pregunté y guardó silencio, iba a mencionar algo y se calló, no se puede hablar de eso aquí. “Yo voy” les dije hinchando el pecho, total tengo con que defenderme y levanté los puños. Nos pusimos en marcha, afuera todavía se vaciaban las vasijas del cielo, dos grandes paraguas negros florecieron y caminé detrás de ellos, caminaban en silencio como tratando de ocultar del mundo su presencia, escurriéndose por las calles como la misma existencia.
Y comprendí a Herman, en su valor por el mundo, la ayuda que solicitaba a gritos, estaban allí fortaleciendo un arte llena de humus; los usurpadores de los tronos, los académicos, el desprecio social por los escritores, todo habría zanjas en los rostros fieros. Ser escritor para un Gris convenía en tener poder sobre otro mundo, reservado, que ilumina de imágenes las lecturas, pero un escritor no sobrevive la muerte, y es esa nuestra peor jaula –decía Herman– solo puede mostrar el mundo tras las rejas. El alcohol y el tabaco no eran para un escritor la perdición sino el encontrarse y allí estaban, malditos, melancólicos, arrodillados frente a la iglesia en Cordobés con las puertas cerradas. Herman sacó la verga y meó en el pórtico. “La perdición no es perderse, la perdición es encontrarse”
Siguieron por las calles casi flotando, algunas veces alcancé a vislumbrar el rabillo del ojo del Marqués. Llegamos a una casa deshabitada, se alzaba en un sector muy viejo de la ciudad, una construcción de 1544 en la primera fundación de Los Arenales. El sector era inaccesible para automóviles, un río bajaba hacia el mar y las gotas hablaban de rostros inmemoriales, miles de voces encarnadas. Las tres formas humanas se refractaban en el agua. La vereda estaba húmeda y un olor fresco absorbía la noche. “La lluvia anuncia” le dijo el Marqués con voz grave a Herman y éste asintió. Golpearon tres veces, se escuchó unas notas de un piano, luego silencio, pasos, cerrojo. Apareció ante nosotros un hombre de unos noventa años, el pelo canoso, vio a Herman y luego al Marqués. “Otra Vez” dijo como una plegaria del cristo de Elqui, “otra vez” repitió temeroso.
-No, hoy no –dijo riéndose Herman.-
-¿Y cuándo podré?
-Un día – le respondió el Marqués.-

Comentarios