Ignacio Cáceres
Llevaba entre mis pertenencias la sota, el látigo doble y unas esposas que me dejó un antiguo “amigo”. Había recibido una invitación de Cundela para un recital en “Los Arenales”, mi ciudad de origen está cerca, en el viaje me entretuve releyendo un cuento de Poe donde un viajero se encuentra con un paisaje extrañísimo, miraba por las ventanas del bus los árboles moverse rápido y los sembradíos de legumbres de las plantas más raras. El cielo estaba enrarecido y una voz metálica proveniente de un televisor encendido anunció lluvia, cuyo vaticinio consideré acertado por las viejas andrajosas, como Parcas hilando se movían con rapidez dejando un manto negro bajo el zafiro de la tarde. ¿Era un cuento de Borges? Al contrario viajaba hacia el oeste, hacia la playa, al menos no habría nieve en este pequeño periplo.
En el bus dormitaban algunas personas. Un niño que escuché, de nombre Oscar, se movía en su asiento como si tuviese pesadilla y abrazó a un joven moreno diciéndole “mami”. El joven pescó la manecita y la colocó junto a la otra, dio un saltito seguido de un suspiro para continuar durmiendo. Esto sucedió varias veces en el viaje, en el último asiento, alejados de mí por cinco o seis estaba una pareja, él llevaba una guitarra enfundada y ella una cartera que supuse era de prostituta ¿él sería su proxeneta o algo así? Antes de bajarse en medio de la carretera se besaron, la mano de ella encontró la bragueta y se introdujo, buscó entre los pliegues y sacó la cabeza de una verga erecta, humedecida y maloliente cuyo glande era de color violeta. Todas las apreciaciones no fueron tomadas en cuenta cuando lo besó y lo masturbó envuelto con la manecita. Intenté mirar hacia otro lado, luego vi una mancha blanca en el pecho del hombre y ella se lamia los dedos, abrió un envase de yogurt. No es, me dije, una puta, ellas no dan besos en la boca, estaba prohibido terminantemente por la encíclica que envió la Gran Puta católica en varios idiomas a todas las iglesias de la prostitución. Lo sabía bien pues revisé aquellos textos por curiosidad y morbo. Otra vez la manita del niño, otro beso, un ronquido, un niño llorando, las ruedas llorando, el copiloto llorando, el equipaje riendo, y árboles, casas lejanas, grandes terrenos, un lago reflejando las viejas nubes andrajosas, un hombre haciendo autostop preocupado por la lluvia. Una pareja de ancianos sentados en una banqueta fuera de su casa como si esperaran que la lluvia creciera tal planta en su jardín.
Sanpa en la estación de buses llevaba ropa estulta: grandes tacos, la boca pintada haciendo juego con sus ojos y dientes incisivos de conejo y las pestañas crespas, negras como la peluca sobre su cabeza, esbozó un sonrisa que más bien parecía cicatriz, estábamos atrasados pero se justificaba por la lluvia que empezó a cantar en los tejados. Sanpa desplegó dos paraguas rosados. En el camino vi un par de hombres atractivos, una niña corriendo a comprar un paraguas a un vendedor borracho. Los Arenales es una especie de colonia española con basura en cada rincón, habían lugares, esquinas donde una sombra anunciaba los lugares marcados para mear. Estos rincones ya eran identificados.
El recital se llevó a cabo en una casucha con goteras y cartones por paredes. Cundela ya borracho por el vino antes de empezar a leer sus poemas, Rubén Montaña, un poeta desconocido a cada instante alzaba las cejas y sonreía, con las manos cruzadas y con mirada psicótica, Paulina quieta, vestida con elegancia, un traje a cuadros blanco y negro, los labios pintados a la perfección con óxido rojo de mercurio, Michael Thomas con traje y corbata movía los dedos nervioso y se tocaba el cuello con la mano abierta, Herman con traje y el pelo húmedo miraba a los asistentes uno por uno como desafiando una pelea a muerte. Después de las lecturas de “Escardo” gritó y aulló como un perro atrapado en una trampa de oso, Thomas imitó a Tomás y Paulina en fugaz lectura erectó a hombres y mujeres. Empezó la lectura de “Muss y arañas”. Aquel día mi objetivo era conocer en persona a la ménade Paulina, a mi ciudad habían llegado revistas “Escardo” y los textos de ella motivaron algo en mí, eran verídicos, estrictos, me sumieron en un profundo sopor etílico, ella era perfecta para mí. No se me puede pedir una explicación clara, ya que no conocía, bueno, ni siquiera conocí qué eran con rigurosidad esas sensaciones. Un poco abandono, un poco menos vanidad.
¿Y Herman? No recuerdo, creo que leyó un poema malísimo donde el único verso que retuve fue “He soñado que la belleza es el sentido de la muerte” ¿Lope de vega? ¿Yeats? ¿Eliot? ¿Drummond de Andrade? O quizás ninguno de ellos y el único, incomparable Herman, el animal más brutal, al igual que su perro negro que lo seguía a todos lados, olía a ropa guardada al sol.
Acto seguido en una gran murga se dirigieron bajo los alfileres líquidos hacia el bar “La biblioteca” allí me contó Sanpa Divina se reunían la mayoría de los artistas de Los Arenales. En una mesa me presentaron a un pintor que había inventado o descubierto el “fauvismo concreto” ¡en fin! Bazofia con aires vanguardista.
Era una gran mesa, serían quince o veinte, no recuerdo con exactitud, podrían ser treinta. Sostuve una conversación con Paulina, tan excitante, rara, en sus pupilas veía las mismas imágenes que en años tuve miedo de reconocer, puedo ser algo intimista, pero ¡qué rayos! pensaba en los mil juegos que podría hacer con ella, la sota, el látigo y las esposas gemían en mi bolso por ser utilizadas. Eran el fiel intérprete de mis pensamientos, su vagina húmeda palpitando junto con mi verga ¡MARAVILLA! Maravilla. ¡Un cigarro encendido por el culo! La conversación siguió:

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