EL FORNICIO (-Los poetas grises- fragmento-)

Pensé “Unas ruedas aparecieron en el reflejo de sus ojos” ¡ah, sí! Herman, el otro Herman había dicho eso de ella al cruzar en bicicleta por la superficie del agua sin tocarla, en el puente. Él continuó: … mojados que pasó por su boca saboreando el leve olor salado, lo acumuló en sus dientes y lo tragó como si fuera un miembro entrando en sus entrañas, puso un dedo en su vulva, lo humedeció en forma circular con la intención de introducirlo, al hacerlo se expandió en toda su amplitud abriendo las piernas, abriendo y abriendo, extasiada…. Después de eso se sintió exhausta pero él quería más, la tumbó boca abajo con el culo parado, pescó su miembro erecto y ensalivado, la golpeteó en las nalgas (a una llamaba Constitución y a la otra Corte Suprema) muy fuerte hasta dejarlas lubricadas y rojizas, estiró su lengua al bajar su cabeza para humedecerlas. Húmeda estaba la abertura cuando la introdujo, desde la raíz hasta los pendejos. “Putita, putita mía…” “Canalla, vergón, dale, dale” La embestía una y otra vez con la cautela de no causarle daño, se dilató por completo, se desvaneció en su esfuerzo por arremeter, chupando, besando, con su lengua en la piel, con el miembro aún erecto, dentro, fuerte, el cual expelió tres, cuatro, chorros de semen abundante dentro de su vagina” Terminó su relato mientras se afeitaba, al menos eso creo, sus gemidos, me dijo tras la puerta cerrada del baño, eran producto de los cortes en la barba al afeitarse, ya se había colocado los jeans y tenía el cabello aún húmedo. Vi esos lentes sobre la mesa, un gesto un poco baturro con los guantes tras el vidrio oscuro, de algo que llamamos identidades. El destino duerme con los párpados abiertos toda esta noche, noches y noches escuchando los pasos. Se consuelan sus manos en tocar sus cuerpos abiertos, fijando cada vez más sus ojos cada uno en el otro. Lo vi como hace tiempo invitando a esa joven a sentarse en sus piernas mientras metía el dedo en la abertura, excitó su clítoris en reiteradas formas. Puso la cabeza, entraba y salía su lengua, se fundía en su magma como dos llamas de una fogata. “Ella le decía al oído que su pene era delicioso” eso era lo que él pretendía decirme con todas esas degeneraciones. Escupo, olor a lejía, hongos infectando su muñón de carne compacta. Lo invitó a un viaje a la Antártica a conocer el sol verde magnético. Después entre la madera unos gemidos se expandían dando vueltas y vueltas como un aire que atormentado en cada pulso se vuelve y se extiende en un ritornelo de aguas claras al fin. Acabó saliendo de esa masa un jugo de melón y se limpió con el papel higiénico, corrió al baño a depositar sus fecas ya oprimido por aguantarse tanto.” Prefería la ciudad a esas bastardas conversaciones sobre tipos que no he conocido. Allí tenía toda la calle, abierta y concentrando sus jugos en la arteria, la calle con sus hijos hambrientos siempre recibe. Millares de colillas de cigarro, cantantes e instrumentistas, artistas callejeros, animales domésticos, espejos, vidrios, vitrinas, reflejos y compras, billetes, carteles, el mercantilismo de lo visual, su madre, anciana, joven. Tras de sí el barrendero, el polvo volátil en las bicicletas, el automóvil como la carcasa de su protección mecánica. Es de día el vestuario, sin zapatos, sin vestidos, sin esa arquitectura Los Arenales está con su polla empalmada al mar. No hay pobres, no hay ricos, solo el detalle de rostros cada vez más y más feos. Te enfrentas con la realidad, con el OTRO que es tu doble. Otras relaciones impuestas: sacar esa perra mucosidad nasal o “moco” es más preciso. También sacar la mierda en la planta baja y el chicle, chicle, chicle. (“La baba” Girondo) Suenan los llamados, el “ting” y el “tang”, MIDI-MP3. Sordera y hablas, hablas, corres, ríes, te levantas, caes, te revuelcas y hablas, no dejas de hablar poseído por el avance hacia ningún lado, hablas defecando, llorando, puteando, agradeciendo. No hay relojes en la catedral ni en ningún punto de la ciudad, el tiempo cuelga de las muñecas perdido en esa ventana expandiendo sus brazos en la mortaja de las tres novias.




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