ASESINATO parte 2 -Fratricida- (Los poetas grises -Fragmentos)

 -En verano son mejores, están más secas y tostadas, ya una vez que empieza a llegar el invierno se vuelven húmedas y toman un sabor a jabón horrible, ¿Qué más se va a hacer? siempre tienes tabaco, el más caro, eso me hace pensar que eres una maldita burguesa y si hay algo que detesto más que a Divina es a las niñitas rubias de clase alta que se conservan en el formol del mercado, tiranas condenadas a ser como sus madres. Por eso maltraté tanto a Beatrice por estúpida usurera y clasicista. Cada vez eres más idiota.

-¿Y si tengo el dinero para comprarlo por qué no lo haría? Hoy no traje el tabaco, estúpido.

-Vives en una comodidad increíble, trabajas y tienes dinero o tu familia te da una buena suma, con ese poder puedes tener todo menos la precariedad en que viven todos los weones de Los Arenales ¿Has visto las poblaciones del sector norte? No podrías vivir allí ni un segundo entre los verdaderos pobres, los que no tienen ni pobreza...

-¡No es culpa mía! Intento hacer lo posible en ayudarlos –gimoteó un poco exaltada por el nivel que tomaban sus palabras- pero son insaciables, caminan por agujas, se desangran sus pies... weones.

Canallería social de tono insípido. ¿Pensaba acaso que alguien se siente satisfecho en general? pequeños detalles nos pueden guiar, pero en su afán general se causa más daño que sanación. Entonces ella preguntó sobre la lesbiana, Herman haciéndose el desentendido respondió con un beso. No, dime, la lesbiana esa que te follaste y vivía cerca de tu casa, te la follaste, la penetraste una y otra vez. Tomó una de sus manos que amenazaba su mejilla y dijo que las lesbianas eran una atracción inevitable. “Ella, siguió hablando, quería escribir poemas, era mayor de edad. Tenía 21 años.

- No puedo escribir porque tomo el lápiz y lo parto.

- Solo entre los dedos, así –le explicaba colocándolo en sus pulgares- con fineza, es sensible, si está mucho tiempo en funcionamiento termina en dolor. (testi-ocular)

- Es suave, la piel del papel me agrada.

Ese “agrada” era una palabra que nos rompía, nos “partía” hacia caminos diferentes, su simplicidad en los versos me asqueaba, pasaron días en que nos veíamos y en seguida hablamos paseando de la cama a la ventana una y otra vez, la consumía un silencio de catacumba o ¿qué se yo? como el silencio en la casa de su mamá después que su padrastro acariciaba a su madre, algo parecido, me decía, y muy a pesar de mi conciencia me iba en el ritmo de la gotera en el baño y ahí entre esas pulsaciones presenté mis emociones nobles, ella insistió en llevarme a la ducha y terminamos, yo defecando, ella babosa por el lápiz. Nos alejamos cuando ella se metió con un estúpido.

Yo era ese estúpido del cual Herman hablaba, la conocí después de ver a Paulina por primera vez, estuve a cargo de la investigación del caso, cambiaron sus nombres por seudónimos o “heterónimos” según expreso Cundela en el interrogatorio, tenía que averiguar si los suicidas del complot del 25 eran los mismos del ataque a Don Nica, el edil me tenía de los testículos o... narices (es más correcto para alguien de su cargo) exigiéndome atrapara a uno de los culpables al menos vivo, el problema es que no habían pruebas para encerrarlos más que libro donde detallaban como eliminaron las pruebas y realizaron los ataques, y no era una confesión, la literatura no es una confesión, la literatura es la ficción de otro mundo, es crear la otra parte que falta a esta realidad, por “realidad” quiero decir que los libros en si nunca están completos, es aparente, pero en esa ficción debe llevarse las consecuencias a un tono poético, desligare la religione.

A veces, como en Hamlet, la venganza es una condena. Ella aparecía en muy pocas fotografías relacionadas con el caso y en las que mostraba su cara siempre eran borrosas, estando, después del turno, comprando en un supermercado se vino una huelga llamada “Mano de obra” las cajas enmudecieron, por primera ocasión el silencio se perpetuó en esa casa de esclavos... Guiado por mi olfato aprendido en la escuela de investigaciones vi un sonido en el espacio con mi lengua. Saqué de mi bolsillo el buscador de personas (un útil aparato inventado por un desconocido en el año 2013) y allí estaba Paulina, conversé con ella sobre jardinería y, claro, de libros. Saqué información sobre su dirección diciéndole que enviaría a su casa, pieza, lo que fuera, un libro de Céline y unas plantas. La mandé a viajar a la última noche. Llegué al día después a su casa con dos patrullas de pacos, ordené registrar la casa y lo más incriminatorio encontrado fue un sobre de ácido lisérgico, LSD, esas cosas de drogadictos. Me reconoció del supermercado y me preguntó si estaba asociado con la huelga que organizó Eltit en el lugar. Al mentirle por primera vez nunca confió en mí y por eso en su declaración solo pude escribir tres puntos suspensivos ¡La muy puta se creía Matahari! ¿Dónde, dónde, - repetí hasta el cansancio- están los otros? Negaba con la cabeza ondulando su pelo largo en la espalda. Dime. Negación. Llamé a mi secretaria para pedir otro látigo y algo para secarme la sangre cuando escucho que Carol reconoce a Paulina de una borrachera en los suburbios de Los Arenales. Toda la información que socavé a Carol fue que un día estando con una de sus amantes lésbicas organizó una fiesta en su casa, esta amiga, psicóloga por cierto graduada en la Universidad de Los Arenales, con tendencias al misticismo de Jung y la línea psicomaga de Jodorowsky sazonada con una pizca de Hesse (por lo tanto bisexual y no lésbica) era amante de Cundela también. Ese día, las dos ebrias a más no poder con mezcal se volcaron una sobre otra hasta sacar chispas con su clítoris encerradas en una de las habitaciones de la casa mientras Cundela y otros personajes (que no recuerda con exactitud) se emborrachaban en el patio. Entre estos reconoció a Paulina, era obvio que los restantes eran Pasty Ardls, Samel Nunces y Tomás Nesttle.

Solté a Paulina y le previne que no se alejara mucho (después la vi solo una vez cuando corría a juntarse con Herman, yo era la sombra que terminó hablando y persiguiendo por las calles a Paulina) Conocí a la bisexual, follamos como perros y ella dejó a Herman. ¡La muy puta me rompió el pene! El tiempo en Los Arenales sucede de manera misteriosa.

Yo era el culpable del asesinato (suicidio dijeron los idiotas) de las tres lesbianas. La víctima siempre es el victimario.



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