ASESINATO parte 1 -fratricida- (Los poetas grises-Fragmentos)

 Carta 13

Pensó en las posibilidades de caer en la trampa de Herman, esa forma de expresarse solo se debía a la sensación verdadera, esa que sentía al cabo de un tiempo, sin embargo, ¿Podría creerle al payaso? porque la fama de su burlesco y agrio comportamiento estaba desde un tiempo en su percepción sobre él; el alcohol y la marihuana en conjunto con las mujeres hacían estragos en su personalidad sobria donde no era más que manipulador melancólico y estúpido; no cabría fiarse de él, en caso contrario podría manejar esta desconfianza para asemejarse a sus maneras de pensar. Descubrirlo, no puede ser posible que pase todo el día mostrando los dientes amarillos por el tabaco y los jugos vaginales. Todo el día riendo, acariciándose la panza y sonriendo, rascándose los sobacos con su cuota de elegancia, Ganímedes sirviéndose una copa de vino, 120, botellón, Cabernet Sauvignon, de litro y medio. Un bufón, un loco violento, más bien pasivo con accesos de ira. Si esa noche se juntaba con él podría mentir, pero NO ir, ¡jamás!, colocó un cuchillo en su bolso abigarrado de instrumentos (un acelerador de partículas del porte de un lápiz, un recipiente con sangre de mujeres verdes, la oreja de Herman dibujada en un papel, la “cosa rosa”, etc.) se percató de algo y envolvió el filo en una bolsa plástica, lo devuelve al sitio inicial, lo ciñe a su espalda, sale de casa y recuerda que los cigarros están dentro, tras la puerta, por el pasillo en el pequeño velador de caoba junto a una lámpara de mesa. “No, devolverse es una mala señal, quedarán ahí esperando el sueño del fuego y el aire”

“Estas heridas provocaban un desaliento total en su pecho por el afecto hacia su persona, ¿una enfermedad? no había manera de convencer la realidad de su interior y solo tenerla lo cautivaba, aún teniendo una confusión había algo que era cercano a eso: su afecto por ella. “Una mujer, si, mujer, entera y madura, tan hermosa, es para mí incomprensible, con las maneras de respeto intactas. La mirada tierna del suicida... En la otra orilla aún recordaré su rostro, aún estará conmigo, aún todo será triste y feliz, cantaremos, ¿morir? ¡Cantar! ella lo sabrá así, yo lo sabré, cantaremos al dragón de plata desnudos en un bosque, alzaremos los tonos, será una fiesta, el camino del descenso hacia la roca, ardiendo, enloquecido por poseerla. Ella ansía la posesión lo sé escabulléndome en las propias palabras que hilvana”

Además este asunto con Ferdinanda era demasiado importante y también correspondía a su predilección de analizar. Ella tiene una manera tan sexuada, lujuriosa, romper esa cadena era tan improbable como alejarse de los libros. Su pensamiento no vagaba en torno a considerar “la mujer” como objeto de su placer, un simple juguete, era cierto que algunos sujetos como el Marqués, incorregibles, tenían este axioma de vida, más la mayoría de los hombres se deleita en observar aspectos más prácticos: lavar loza, limpiar pisos, dar de mamar, mamar, agachar la cabeza, besar la mano de los invitados, lavar pies”

Ahora bien, la veracidad del relato nos obliga a pensar que Herman en su carácter de díscolo bogaba por follar e idolatrar la feminidad, todas son bellas, capaces, verdugos y enjuiciados, medicina y enfermedad. El culto a la mujer, es el culto a este lado desconocido ¿cómo podría pensar que eran objetos sexuales si se rendía a los encantos naturales con sumisión, pero altanero, eso sí, orgulloso de ser (el hombre) utilizado con el fin de que erecte su pene y eyacule el poco semen que conserva tras unas cuantas embestidas? Las vulvas devoran los edificios, los sistemas, la plaga es la debilidad y sus dotes malignas, libidinosas, farfullando fuego bajo su bigote, abriendo el ojo una y otra vez, con la córnea erecta. Siempre esperará más de lo posible. Pobres son en sus pensamientos.

Ferdinanda no entendía que la fuerza reside en la pasión por la vida o la muerte, los únicos temas importantes del hombre. Sobrevivir o morir, pensar en su cadáver pudriéndose en el fondo de un cajón, ¿y el amor profesado? ni que Pedro y Heloísa, esos personajes del amor mítico siguieran abrazando sus cadáveres hasta el polvo, pero polvo al fin.

“La muerte nos da muchos nacimientos” recordó ese poema de Herman. Y la vi deslizarse por la calle meditando su problema, al doblar la esquina vio a Cundela hablar con un sujeto desconocido para ella, se ocultó entre otras calles que jamás recorría y que significaban su ignota presencia en Los Arenales, así llegó al barrio carmesí de la ciudad, terreno de Sanpa, nunca tuvo cercanía con el obeso travestie que soñaba con un partido político capaz de representar su comunidad discriminada en el poder jurídico, esos weones pensaban que el poder estaba en tomar decisiones por otros ¿quééééééé?, el travestie más feo de la cuadra y de los poetas dorados gritaba:

-¡LO CHUPO RICO! ¡UNA GABRIELA POR HORA!

¡Puaj! Era él, no su movimiento o condición, él con la parafernalia del culo hambriento de pica tal Lautaro, era ella con su verborrea de saltimbanqui a quien no soportaba, además de estúpido, baboso, tenía pelos en el torso abultado, usaba ropa ajustada de pésimo gusto. Verlo daba una sensación de vómito. Mórbido. Este dorado pertenecía a la subclase de individuos que agitados por la costumbre social decide volverse ingrato, enfermizo, histérico. La falta de fuerza en sus acciones, su falta de voluntad asqueaba a todos, no solo a Paulina, si no a todos los Grises, por ello su sombra y pelo castaño desvió su ruta hacia un viaje zigzageante y cartesiano, antes de doblar la esquina vio una sombra conocida, en fin, se dijo, si averiguo llegaré tarde. Era un tipo que perseguía a una mujer.

Las calles que recorre están húmedas, en la noche un camión aljibe esparcía agua sanitaria para limpiar las impurezas de la ciudad. Cartones y bolsas de basura negras, transparentes, perros escarbando con su hocico en un par de objetos de posible reciclaje, cuadernos de universitarios titulados, joyas de fantasía como las que Bolaño vendía en España, en este caso, impares, sin cuentas de plástico, descoloridas, la corona de Donoso y un traje apolillado de gasa colgaba de un balcón. “Un espíritu- se dijo- conmoviendo la ciudadela perdida” Los Arenales para ella, creo, era el lugar perfecto para esconderse.

Llegó justo a la hora a la plaza donde fijaban su encuentro. Estaba desierta y la pileta en forma de pescado mutante exhalaba un suspiro de cristal tembloroso llamándola al oído con el sonido líquido. Fijó su vista en el agua estancada para ver una vez más sus ojos tristes que a Herman tanto gustaban, estos ojos de jade ¡puja que banal! un perro blanco se acercó a su rodilla izquierda para olerla, acto seguido se acurrucó al costado de otro espécimen, pasado unos cinco minutos llegó con su chaqueta zarrapastrosa la cual tocó la vestimenta sobria de Paulina, y se enredaron las carnes friolentas, cartílago y cartílago, nervio y nervio... la conversación no está clara. Hablaron de un sombrero perdido, de Werther, de Samel Nunces y Cundela. Uno expresó sus ganas de fumar nicotiana tabacum pero al no tener se dedicaron a la colección (casi filatélica) de colillas, húmedas y moribundas en el suelo.




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