Despierta águila ciega (del libro: Lengua de fuego)

 Despierta águila ciega entre los barrotes de humo
apoyando tus alas por sobre aire y sol
Deslízate en la enfermedad que supuran las costras
Como si de venas se tratara
Como si estiércol apareciera en tu boca.
Entra al fuego que sube en la espuma:
capital desecha por los sermones de los árboles
encendidos en la sangre que te ciega,
allí eres una córnea que busca un pozo,
alguna extraña oscuridad en el hogar
donde los desgraciados beben su té de martirio.
 
¿Aún avanzas tras el río?
Tu sombra en la orilla, o las tres, o las cinco
con sus ocho brazos agitados en el limpio fragor del moho
por sobre paralelas al cambiar la estación
de águila ciega por el oro y su derrota.
Tus piernas y las mías enredadas en el muro,
en aquel muro en que sus velos escupen el pudor
y bailan azotando sus culos con tristeza, arrugados,
y cantan el amanecer de vómitos suaves, esparcido,
y el fuego, las córneas, las plumas en la arena
donde se volvió a recorrer el camino
hacia la casa ardiente de los padres.
Tuve esas gemas en los dedos negros:
Cuarzo incrustado en obsidiana,
mi piel tan negra, negra, negra,
pudriéndose en la nieve, blanco, blanco, blanco,
extendiendo alas por la pieza,
carne y piernas,
el dragón o la bestia que miraba:
No.




(del libro: Lengua de fuego)

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