Los siete hombres (del libro: Lengua de fuego)


Hay un pasadizo entre este siglo y el otro

donde juegan a los dados azules
las tetas espumosas de Venus
que bailan el fin de la noche,
allí, esos corazones sin latidos como un hueso.
 
Arañas la arena de tus propias manos
conservas aún el temblor del cielo,
el cuarzo lo recoges en la palma con arena
y en la otra:
El agua
Cantando de un himno cosas extrañas,
de una vida que mereció un fin a su tristeza
por no comprender la geometría,
ni los nombres únicos del hombre.
Canta y canta el cántaro del agua
en el pozo sin fin de la espiral.
 
Los siete hombres cambian sus máscaras
bajo el árbol del ahorcado
que deseó ser ángel y no fue más que rama
en un río de muecas y gestos, cantos y ojos
desvanecidos en un torbellino de alcohol.
 
El primer hombre vestido con seda y caracoles
mientras caminó en un sendero de ignorancia
no vio sus genitales extenderse por el líquido
de una niebla que provenía de su padre
y el hijo del padre de su padre…
hasta comprender el signo de tinta en las rocas,
allí las flores y los paraísos le hablaron de viajes imposibles
más allá de simples curvas y rectas,
dodecaedros imposibles en el año.
 
El segundo hombre descubrió una pierna,
una montaña de carne y hueso
donde la abertura feroz lamía sus contornos
en el fuego de una fogata imposible
entre el hielo y el hielo
frotaba su bigote en el bigote
entonces pensaba en los siglos y su puente
con los dientes caídos
floreciendo en el pecho.
 
El tercero con sus alas dibujó en la tierra
los signos creyendo estar vivo
en una locura por las manos y el pan
probó su traje rojo viajando como un fantasma
recorriendo como un río la sequedad
que los desiertos llevaban atada en la piel.
Sentado en una piedra sólo podía murmurar:
Yo, yo, siempre siendo lo imposible
Mas una cuerda lo sujetaba al pie de ese árbol.
 
El cuarto,
No hablaba,
Sonreía mientras bajo la falda de su hija
un gusano apretaba su vulva,
la llamada castidad era también su lujuria,
la pasión es cualquier cosa vestida de rojo,
y la guerra proviene del océano
más transparente que la sangre,
más transparente que un prisma.
 
Arrodillado frente a una iglesia
El quinto hombre con un lápiz
atravesó su cráneo de palabras,
aprendió a flotar como plumas en la playa
y caer como el yunque de la noche.
Sus manos olvidaron el calor de los animales
Reemplazado por un látigo.
 
Como los cerdos parían su propia cabeza
Arrastrando su cartílago por las espinas.
 
En una taberna el sexto hombre lloraba un vaso de cerveza,
desde una mancha de tinta vomita su boca gris.

(del libro: Lengua de fuego)

Comentarios